No hay excusas.

Ésa es probablemente una de las frases “””motivacionales“”” (nótese la multiplicación mágica de las comillas) que más rabia me da. Bueno no, no me da rabia. Me da asco. Porque detrás de ese “no hay excusas” hay toda una ideología que debería estar igual de mal considerada que el racismo o la homofobia.

Amiga, bienvenida al mundo del fat shaming. O, lo que es lo mismo: bienvenida al nuevo patio de colegio en el que toca reírse del gordito. Porque eso es el fat shaming, reírse del gordo porque está gordo. Pura perspicacia, inventiva y sarcasmo. Si RuPaul abriera la biblioteca y lo único que entraran fueran niñatos llamando gordos a los gordos probablemente cerraría la biblioteca y la quemaría con todas nosotras (y nuestras pelucas) dentro.

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Generalmente te vas a encontrar con dos tipos de personas que utilizan el fat shaming. Por un lado están los imbéciles que te insultarán y te harán sentir mal simplemente porque disfrutan insultando y haciendo sentir mal a los demás. El peligro de esta sub-especie humana es que practican lo que Gabriel J. Martín llamaría “todo-shaming“: no se ríen de ti porque estés gordo, se ríen de ti porque la única forma que tienen de sentirse bien consigo mismos es hacer sentir mal a los demás. Si estuvieras cojo, tuerto, manco o cualquier otra cosa de la que pudieran hacer gracietas, las harían. Te lo he dicho antes: las redes sociales son el nuevo patio de tu colegio.

Por otro lado están los que creen que el fat shaming es una herramienta motivacional, los que creen que si te dicen constantemente que estás gordo y que es culpa tuya de repente un día te levantarás con más ganas de venganza que Uma Thurman en Kill Bill y te meterás en un gimnasio del que no saldrás hasta que te fichen para la portada de la Men’s Health. Huelga decir que estos son tan imbéciles como los primeros, aunque en este caso (se supone) que hay una buena intención en el fondo.

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O no, probablemente maquillen sus “deberías apuntarte al gym” con un tonito condescendiente bastante irritante que en realidad lo único que quiere decir es “me das asco por estar gordo“.

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El fat shaming no es algo exclusivo de la comunidad gay. Los heteros también lo sufren. Hace poco le pasaba a Taylor Lautner, que los mismos medios que se lamentaban por la historia de Wentworth Miller se reían del cambio de aspecto de Lautner, pero escudándose en que “¡Lo dicen las redes!”. Y por supuesto las mujeres no se libran tampoco. Seamos realistas ¿de qué se libran las mujeres? De nada.

Lo triste es que hay muchos estudios psicológicos que han demostrado que el fat shaming no sólo es inútil como herramienta de motivación si no que además produce justo el efecto contrario: cuanto peor haces sentir a alguien por estar gordo más ansiedad le causas y, por lo tanto, más come; haciendo que suba de peso y sin necesidad de que te metas con él peor se acabará sintiendo. Varios estudios han demostrado que las personas que sufren discriminación por su peso tienen el doble de posibilidades de acabar siendo obesas.

Pero ojo porque lo contrario no es tampoco saludable. Como bien señala Jamie Millar, editor asociado de Men’s Health UK, “la moda de positividad y aceptación sin condiciones hacia las personas con sobrepeso, aunque comprensible y bien intencionada, nos pone en riesgo de olvidar lo realmente importante. Tener sobrepeso, y así lo señala la gran mayoría de la comunidad médica, no es saludable“. Millar apuesta por educar mejor a todo el mundo en la forma en que funciona la comida y el cuerpo de cada uno, pero “sin gritarles ni avergonzarles“.

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En un diálogo entre él y Ted Lane (el editor digital de la revista) la conclusión acaba siendo clarísima: si uno tiene sobrepeso, sabe por qué tiene sobrepeso, es feliz con su situación, sus acciones, su estilo de vida y consecuencias, no hay nada que decir. Cada uno es libre de vivir su vida como quiera. Pero si otro no está contento con su cuerpo ni su estilo de vida y quiere dar un paso para cambiarlo, la estrategia correcta no es avergonzarle o hacerle sentir mal por ello si no ayudarle y educarle: “Perder peso ha de verse como una experiencia positiva, no aterradora. ¿Realmente la víctima de fat shaming va a tener la confianza necesaria para ponerse su ropa de deporte y ponerse a sudar junto a otros colegas mientras se hace selfies en el gimnasio? Lo dudo.

Así que parece que está claro: no hay excusas para utilizar el fat shaming ni como insulto ni como motivación de nada. Es una puta mierda, por si no te ha quedado claro. Y esto no lo te estoy diciendo yo, la gorda de Hidroboy: te lo está diciendo todo el mundo que sabe cómo funciona la psique humana.

Pero ¿y qué tal el fat shaming dentro de la comunidad gay? Pues chica, mal. Fatal.

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En su artículo “Fat Shaming, la masculinidad tóxica y el mito de la belleza gay“, el columnista Nico Lang repasa casos en los que varios hombres gays han sufrido discriminación por tener sobrepeso. Y, como señala, en las apps como Grindr llegan a sufrir fat shaming hombres que según los estándares médicos ni siquiera tienen sobrepeso. Lang recuerda un artículo de 2013 en Buzzfeed en el que Louis Peitzman explicaba cómo “tras perder 15 kilos después de pasar una depresión, un hombre gay mayor y bienintencionado me dijo que había hecho lo correcto.

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Algunos de los ejemplos en el artículo de Lang son realmente extremos (como el del hombre que pidió a una cita a otro en su gym y al volver a casa se encontró con un mensaje del pretendido diciéndole que no iban a quedar porque “eres un cerdo gordo” y “no puedo respetar a alguien que evidentemente no se respeta a si mismo.“); y es que tal y como señala la investigación realizada por las psicólogas Olivia Foster-Gimbel y Renee Engeln, un tercio de los hombres gays a los que entrevistaron habían sufrido discriminación por su peso y además descubrieron que las posibilidades de que un hombre gay con sobrepeso fuera ignorado, vilipendiado o ridiculizado por parte de un posible ligue eran bastante más que las de un hombre heterosexual.

No te estoy descubriendo América: todos sabemos que la cosa es así.

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De hecho una de las cosas más alarmantes de ese artículo (relacionado con lo que te decía antes de los efectos negativos del fat shaming) es que según un informe de la Asociación Nacional de Desórdenes Alimenticios americana, aunque los hombres gays suponen sólo un 5% de la población; un 42% de los hombres con trastornos alimenticios son homosexuales.

Yo, por ejemplo, he perdido la cuenta de la cantidad de veces que alguien me ha dicho que si me apuntara al gimnasio sería mucho más atractivo. O las veces que divagando en voz alta digo “a ver si pierdo un poco de peso” y me contestan “tú lo que deberías hacer es comer menos (cuando muchas veces un problema de sobrepeso -si es un problema- no surge por comer mucho si no por comer mal). Recuerdo un día en el que bromenado con unos amigos cogí una copa y dije: “Ya que no follo, me emborracho” y uno de ellos respondió con un: “Si te apuntaras al gimnasio follarías.” (Lo gracioso es que el que me lo dijo se pasa la vida en el gimnasio y no le sirve para nada -y en ese momento yo follaba bastante más que él-)

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Pero del mismo modo también recuerdo a aquel compañero de trabajo que además era entrenador personal y un día se ofreció para ayudarme a perder peso si yo quería. Me preparó una dieta, una tabla de ejercicios y, sobre todo, no me trató como si fuera subnormal. ¿El resultado? 15 kilos menos. (Que acabé recuperando cuando se me hincharon las pelotas de comer pavo y piña).

Y no te cuento la cantidad de gente que me ha dicho lo de “no entiendo que un tío tan genial como tú esté soltero“, a lo que elocuentemente suelo responder: “porque estoy gordo, y los idiotas como tú no os fijáis en otra cosa.” ¿Cuántas veces has visto a tu amigo el cachas quejarse en las redes sociales por no encontrar a esa persona especial, pero siempre le ves tonteando y saliendo con el mismo tipo de tío? ¿Cuántas veces has visto a un amigo meterse en una relación que no iba a ninguna parte porque “es que está muy bueno“? ¿Cuántas veces te ha dado la risa histérica cuando has leído al guapete de turno decir que “lo que importa está en el interior“?

¿Y cuánta gente te ha dicho “contigo no, bicho” en Grindr porque buscan “gente sana y que se cuide” pero van puestos de farlopa hasta las cejas y llevan 2 días sin dormir con el rabo a punto de explotar de la viagra? Eso sí, el lunes todos a hacerse el selfie en el gimnasio porque “no hay excusas”; o la fotito al desayuno saludable (al que dentro de una hora le seguirá un Big Mac porque necesitan meter en su estómago algo que no sea vodka, GHB y semen).

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Pero el verdadero problema no está en Grindr. Ahí vamos a lo que vamos y es lógico que descartemos a los tíos a la primera de cambio si la foto no nos resulta atractiva. No buscamos un colega con el que charlar (y si lo estás buscando, vas muy mal): queremos echar un polvo con alguien que nos ponga burros. Pero si aplicas a tu vida social la misma filosofía que a un polvo rápido un sábado a las 5 de la mañana vía Grindr, luego no te quejes.

No me malinterpretes: cada uno tiene sus gustos y hay cosas que te atraen más y cosas que te atraen menos. A uno le gustan los rubios y a otro los morenos, a ése le van los tíos altos y a ese otro los más bajos. No estamos hablando de lo que te parece atractivo o no, estamos hablando de tu impertinencia al juzgar y decidir sobre la vida y el aspecto físico de los demás.

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Jesús te ama

A casi todos (porque cada uno tiene sus gustos y su público) nos gustan los tíos buenos. Nos gusta ver las fotos de Nyle DiMarco en calzoncillos, nos gusta ver a Michael Hoffman hacerse una paja y nos gusta seguir a ciertas personas en Instagram. El problema no es publicar esas fotos, esas pajas o hablar de ese Instagram.

Muchos nos habéis preguntado si ya no vamos a volver a hacer los #FollaOnFriday, aquella sección en la que cogíamos el clásico #FollowFriday de Twitter y lo convertíamos en un lugar en el que adorar a los tíos buenos que pueblan nuestras redes sociales. La gracia era que fueran anónimos, que cualquiera pudiera aparecer en esa sección. El problema vino cuando nos dimos cuenta de que le estábamos siguiendo el juego a muchos de esos descerebrados que se pasan la vida juzgando las decisiones de los demás basándose únicamente en su cuerpo. Está bien que enseñes tu cuerpo en Instagram, te lo hayas currado o hayas tenido suerte con la genética. Nadie te va a echar en cara que tengas alergia a la ropa o que seas un putón; pero no pretendas vendernos la moto.

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Y ahora que hemos llegado a las redes sociales, es el momento de volver al principio de este artículo:

NO HAY EXCUSAS

Perdona ¿quién te ha dado permiso para decirme eso? Porque no recuerdo haber pedido tu opinión. Estamos creando entre todos a pequeños monstruos que por algún motivo creen que están por encima del bien y del mal. Gente a la que premiamos en redes por el simple hecho de haberse trabajado un cuerpo bonito; que no es fácil pero ¿really? Os quejáis de las marujas viendo Mujeres y Hombres y Viceversa y vuestro Twitter es lo mismo pero entre maricones.

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“Jo tías, me veo fatal en mi foto de perfil en la que se me marcan más músculos de los que existen en el cuerpo humano y por eso me la he puesto”

Esa gente que te vende la moto de que si quieres puedes, pero que no te están explicando cómo lo han conseguido ellos realmente. Que te dicen que si “no pain, no gain” pero no te explican que su único “pain” ha sido un tirón en el gimnasio, porque no tienen que pelearse diariamente con un jefe tocapelotas, una factura de calefacción inesperadamente alta, una familia a la que mantener… No te sorprendas si para el que no hay excusas tampoco hay responsabilidades. Lo decía Otto Mas en un artículo que publicó hace tiempo en esta misma web: “la fuerza de voluntad, el querer es poder y toda esa mierda no son más que ingredientes mágicos. Querer es poder es tener dinerito como para no trabajar, o ser Pablo Alborán, o que te mantenga tu novio y así poder ir al gimnasio a darle a la mancuerna con la despreocupación de una habitante de Wisteria Lane.” Y es que no todos tenemos las misma circunstancias vitales, no todos tenemos los mismos intereses, no todos disfrutamos de las mismas cosas. No somos iguales. Así que tu caso y tu experiencia no tiene por qué servirme a mí.

Ahí tienes la primera excusa, chavalote.

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Pero te diré más: la próxima vez que me digas que “No hay excusas” te cruzo la cara. Porque estoy hasta los mismísimos de que vayas soltando con tanta alegría una frase tan profundamente ofensiva y manipuladora. Cuando le dices a alguien que “no hay excusas” le estás menospreciando de una forma tremendamente injusta y estás juzgando de forma espectacularmente irresponsable la vida de los demás. ¿Quién coño eres tú para decirle al mundo que no hay excusas? Claro que partes de la base de que todo el mundo quiere tener el mismo cuerpo que tú, cosa que siento decirte no es verdad. Todos sabemos cuál es el ideal de belleza en la comunidad gay, pero a mí ahora mismo lo de ponerme a conseguir ese cuerpo me apetece lo mismo que comerme un coño. Y soy consciente de ello, de mis acciones, de mis consecuencias y de todo en general. (También es probable que por genética lo que a ti te ha costado un año y una considerable inversión en mierdas sintéticas varias a mí me cueste el doble, pero eso no lo digas que entonces vendes menos libros.)

El problema no lo tengo yo por estar gordo, lo tienes tú por juzgarme por estar gordo. Así que, como comprenderás, bye Felicia!

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Pero es que encima el “no hay excusas” es una de las mierdas más crueles que puedes decirle a alguien. Porque al “no hay excusas” le sigue muy de cerca el peligroso: “ES TU CULPA“. Si alguien está sufriendo bullying en el colegio por estar gordito, la culpa es suya porque “no hay excusas“. Si se están riendo de alguien en Twitter por estar gordo… “no hay excusas“, es culpa suya. Podrían estar delgados si quisieran, ¡tú eres el ejemplo! Tú, el #BeMoreHuman, porque una empresa de calzado deportivo ha decidido pagarte 600€ al mes para que te pongas eso en Twitter a ver si así consigues hacer sentir mal a mucha gente por no ser lo “suficientemente humanos” y se compran unas zapatillas que probablemente no van a usar. Pero ¿qué más da? A ti lo que te importa no es que los demás hagan deporte y lleven una vida sana (si te importara en lugar de “no hay excusas” dirías “es difícil, pero SI QUIERES yo te ayudo; y si no quieres te respetaré igual“), a ti lo que te importa es que a todo el mundo le quede claro que estás por encima del bien y del mal porque ¡has conseguido abdominales!

La rueda, la penicilina, internet, la electricidad, el descubrimiento de la galaxia… Nada le hace sombra al gran héroe de las redes sociales que un día dijo “¡estoy harto de estar gordo!” y aprovechó que estaba en paro y no tenía gastos para ponerse cachas y, de rebote, ganarse la vida con ello. ¡Felicidades!

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Pero no vuelvas a decirme que no hay excusas, que si quiero puedo, que todo es una simple cuestión de voluntad. Detrás de tu “no hay excusas” se esconde el fat shaming más asqueroso que podemos echarnos a la cara. Porque no sólo me estás llamando gordo si no que estás dando a entender que soy menos válido que tú porque elijo las excusas.

La próxima vez que quieras animar a alguien a llevar una vida sana, pregúntate si esa persona quiere llevar esa vida y si realmente le estás ayudando con tu filosofía de mierda sacada de un libro saca-cuartos con el mismo mérito editorial y rigor científico que el de Belén Esteban.

Venga, hasta luego Mari Carmen.

María Amparo en Supermodelo

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