Por @javierpmar
No soy activista gay, o LGTB o como queráis llamarlo, básicamente porque no soy muy activo en mi vida diaria.
Yo soy de esos, la gran mayoría silenciosa, que se indignan en el sofá y esperan que en algún momento se solucionen las cosas. Hay momentos, sobre todo estos últimos meses que tantos derechos se están amenazando, que tantas personas y colectivos están siendo maltratados por el sistema (palabra que os juro que hace dos años no tenía ningún significado para mí, y ahora veo día a día sus fallos y peligros), que fantaseo conmigo liderando una gran masa enfurecida más allá de Twitter que incendia sólo lo que hay que incendiar e implanta unas nuevas reglas del juego más sostenibles, misericordiosas y justas. Pero me limito a eso, fantasear, imaginar (a ello me he dedicado toda la vida, estoy intentando monetizarlo de alguna manera), mientras veo cada día nuevas noticias, valga la redundancia, sobre los derechos del colectivo LGTB.
Por eso me sorprende que haya tanta gente, dentro y fuera del colectivo, que piensa que se ha conseguido mucho. Lo cierto es que últimamente se han dado grandes pasos en dos importantes democracias.
Francia, el país de la libertad, la igualidad y la fraternidad, consiguió legalizar el matrimonio homosexual (o la unión, o la firma de un papel, que no es lo mismo y Dios nos libre de llamarlo igual) gracias a un gobierno de izquierdas, pero a costa de que una panda de nazis salieran a la calle a gritar y, ya de paso, matar a algún maricón de un puñetazo.
Son casos aislados, dirá algún inconsciente que no ve que la violencia no se puede aislar. El odio y el miedo (cada día estoy más seguro de que son lo mismo) se manifiesta aquí o allá, hoy o pasado mañana, pero existe como una neblina allá donde vamos las personas. En México fue asesinado el mes pasado un abogado que, casualmente, era transexual, mientras que en Brasil se manifestaban unos 40000 evangélicos contra el aborto y los gays.
Y en Rusia, donde acaban de prohibir incluso hablar de la homosexualidad a menores, no sorprende que se haya prohibido la adopción a los gays. Los rusos han decidido meter en cuarentena a los niños ya que han visto que la sociedad está demasiado infectada.
En Estados Unidos parece que está mejor la cosa: ayer mismo tuvimos que celebrar que el Tribunal Supremo des-demonizaba la unión entre personas del mismo sexo, dejando a las administraciones federales decidir, si lo consideran oportuno, que dentro de sus fronteras los hombres se pueden casar con los hombres y las mujeres con las mujeres. Un gran paso para un país en el que se prohíbe por ley a los hombres homosexuales donar sangre, no vaya a ser que alguien tenga un accidente y le hagan una transfusión y salga sarasa y con SIDA.
En el mismo país, en las últimas semanas una organización cristiana que se dedicaba a curar la homosexualidad ha cerrado, por lo visto, avergonzada por lo que ha estado haciendo los últimos 40 años, y también se ha elegido al primer obispo luterano abiertamente gay. Actos que demuestran que las personas homosexuales tienen derecho a la fe, porque, sorpresa, son personas. La Iglesia católica niega en los países que son de su propiedad ese derecho, y muchos otros, a las personas homosexuales. Aunque me consta que hay muchas de ellas que prefieren hacer caso omiso del trato que les profesa la Iglesia con tal de llevar a cabo las costumbres en las que han sido criados y mantener las creencias que se les han inculcado. En España, hay homosexuales que van a misa de 12, a romerías, procesiones y demás teatrillos católicos, absorbidos por una forma de convivencia que les impide pensar en sí mismos como individuos sanos e iguales a sus familiares y amigos. Y muchos de ellos dicen estar fuera del armario.
Y no nos vamos a poner a hablar de cómo se trata a los homosexuales en países subdesarrollados o culturas fuera de occidente, donde las mujeres no pueden enseñar su rostro a nadie que no sea su marido. Yo mismo he abogado muchas veces por el relativismo y el respeto a otras culturas y cosmovisiones, pero me avergonzaría no condenar cada pedrada que se lanza a una persona por haber tomado una decisión cualquiera.
Aquí no nos tiran piedras, por lo general. Estamos muy bien. Hace ya años que se nos permitió casarnos y, aunque aún hay mucha gente que desharía ese avance del anterior gobierno como han hecho con otros, parece ser que sí, nos podemos olvidar de los siglos de civilizaciones patriarcales en los que por ser nosotros mismos se nos habría quemado, apaleado o simplemente enseñado a disfrazarnos para siempre. Todo eso queda en el pasado.
Por ello, cuando llegan estas fechas y se acerca el desfile más polémico del año, muchos de nosotros nos embarcamos en debates (algunos de ellos internos) sobre el sentido que tiene celebrar un Día del Orgullo Gay. Se ha avanzado mucho en cuanto a nuestros derechos, ya no hace falta hacer una manifestación, se daña mucho la imagen del colectivo.
La imagen.
Veréis, ése es el problema. Que por mucho que luchemos (o luchen, aquellos que son activistas), todas las causas que perseguimos están equivocadas. Dijo ayer un estadounidense de California que por fin se sentía igual, no menospreciado, desplazado ni avergonzado. Por fin lo había aceptado la sociedad. Lo que no sé es por qué tiene que aceptarla él a ella.
Hay homosexuales que se avergüenzan del desfile del Orgullo porque en él se ve (o se muestra, más bien, porque los medios no suelen sacar las partes más reivindicativas y serias de la manifestación) una parte del colectivo LGTB que es rara, extrema. Es rosa y muy sexual. Son maricones, semidesnudas y borrachas. Y mientras un solo homosexual se sienta así, habrá razones para salir ese día a la calle. Salir y volverse loca, porque el desfile es una fiesta.
Cuando visité Brighton me explicaron que el día del Orgullo es muy importante para la ciudad, pero no solo para lesbianas, gays, transexuales y bisexuales, sino para toda la sociedad: es una celebración de la diferencia. No sólo en cuanto a orientaciones e identidades, sino a formas de vida. Porque los hay afeminados, las hay marimachos, hay travestis, modernas, nerds, transexuales, deportistas, gente con enfermedades, tribus urbanas, gente solitaria que adora a sus mascotas.
Me gustaría borrar, en definitiva, eso que he escrito antes de gente que está dentro y fuera del colectivo. Porque de lo que hablo es de detonar el colectivo.
No quiero colectivos, sino individuos, y que nadie tenga miedo a nadie.
Cada maricón es un mundo, y en este caso, maricones somos todos.










