Infamia se define perfectamente en su título: una deshonra a una de las figuras literarias más importantes del s. XIX: Oscar Wilde.
La propuesta que nos ofrece María Velasco nos lleva hasta el juicio en el que Wilde es condenado a dos años de trabajos forzosos en la prisión de Reading, donde pasó a ser el preso C33. Su predilección por los jóvenes, de pago o no, era bien conocida en la sociedad de la época, y se buscó una condena ejemplarizante para aquellos que practicaran la sodomía. Vamos, para los maricones. De hecho, tras un primer juicio en el que el jurado no consiguió llegar a un veredicto, se delebró un segundo proceso en el que se vapuleó y humilló al escritor, condenándole por indecencia grave. Vamos, que si te cogen a ti en esa época te hubieran caído al menos tres cadenas perpetuas.
Richard Collins-Moore interpreta al escritor en un monólogo donde se muestra a un Wilde vulnerable a la vez que enfurecido y resignado, pero que no deja de utilizar su ingenio y su peculiar sentido del humor no sólo para hacer frente a la situación en la que se encuentra, sino para mostrarse como un ser superior que desprecia a la mediocridad que le rodea. El acento de Richard nos hace entrar en situación desde el primer momento, traslandándonos de inmediato a la época victoriana y sumergiéndonos en ese cuento que narra al espectador, que no es otra cosa que su vida. Un cuento aderezado con maravillosas píldoras musicales que nos llevan hasta un Broadway atemporal.
En definitiva: un espectáculo emotivo, tierno y con buenas dosis de humor a pesar de la crueldad de su temática. Totalmente recomendable.










