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El portavoz de FACUA, Rubén Sánchez, cree que la oferta 20×20 de Boyberry Madrid es «burda y de mal gusto» y considera que algunos hombres la pueden considerar «denigrante».
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Sánchez añade que si la oferta fuera en base al tamaño de los pechos de una chica «vulneraría la ley de igualdad de género»
¿Sabes cuando te reúnes con la familia en Navidad, te tomas un par de copitas (que es lo que te gusta) y acabas contándole a tu prima cosas del ocio nocturno gay que la dejan escandalizada? Que si el cuarto oscuro de la discoteca, que si los clubes de sexo, que si las saunas, que si en tal sitio entras gratis si vas desnudo o si la tienes muy grande… Y ella está todo el rato así:

Pues en esta noticia FACUA hace el papel de tu prima.
En un reportaje que no acabo de entender muy bien a santo de qué viene en El Español (el periódico de Pedro J. Ramírez) han decidido poner el foco en la fiesta 20×20 de Boyberry Madrid. Para el que no lo sepa, la 20×20 es una fiesta en la que el día 20 de cada mes los que tienen un pene de 20 centímetros o más reciben dos consumiciones gratis por cada copa que pidan (en Barcelona tienen entrada gratis) y además una pulsera que les acredita como portadores de un pollón.
Boyberry Madrid es un bar y local de cruising, Boyberry Barcelona es un sex-shop y local de cruising. Sea Madrid o Barcelona, al Boyberry se va a lo que se va. Y, obviamente, siendo un local de sexo dirigido al público gay se hacen ofertas y promociones dirigidas pues a eso: al sexo entre adultos homosexuales que consienten y disfrutan sin vergüenza de su sexualidad.
Pues a FACUA eso le parece mal. En El Español pensaron que era apropiado preguntarle al portavoz de la asociación, Rubén Sánchez, y como portavoz que es pensó que tenía que hablar y poner el piloto automático en sus declaraciones. Porque Dios nos libre de tener un portavoz de algo que un día diga: «Mira, es que no veo qué quieres que te diga, yo aquí no pinto nada.» Pues Sánchez ha hablado para El Español y ha dicho que la oferta del 20×20 le parece «una promoción burda y de mal gusto.»
Añade Sánchez que habrá hombres que pueden pensar que la oferta además de burda es «denigrante«. Supongo que se refiere a los mismos hombres (no especifica si gais o heteros) que ven «denigrante» el desfile del día del Orgullo LGTB+ porque no les representa, que son gente decente, normal, que no hace esas cosas, que no necesita alardear de su sexualidad porque no es algo de lo que sentirse orgullosos. Son hombres que se acuestan con hombres, pero no son maricones.
Hace un tiempo Sánchez fue uno de los que más criticaron en redes sociales la Ley Integral LGTB+ redactada por FELGTB y registrada por Unidos Podemos en el Congreso porque consideraba que era una ley que vulneraba la libertad de expresión. Es algo que recuerdo perfectamente porque le respondí a un par de tweets especificándole que el discurso de odio no es libertad de expresión y, por lo tanto, no puede estar protegido. Pero él insistía en el derecho a decir según qué cosas aunque fueran incómodas y al final acabó haciendo algo que me fascinó: él, hombre heterosexual cisgénero, vino a decirme a mí, hombre gay cisgénero, que los gais a veces vemos discriminaciones donde no las hay.
Sí amiga: el típico señor hetero que le dice al gay lo que es homofobia y lo que no. Lo normal.
Pues ahora Sánchez vuelve a hacer lo mismo. Él, representante de una organización de consumidores, ignora totalmente el hecho de que estamos hablando de un local de cruising (para los heteros: el cruising es follar, básicamente) que hace una oferta dirigida a su público (ni potencial ni deseado: al Boyberry no van mujeres igual que hay bares de lesbianas a los que no van hombres) y la considera burda, de mal gusto y hasta denigrante. Y no contento con eso Sánchez decide hacer una analogía de primero de demagogia al decir que «si se tratase de una oferta basada en lo grandes que tuviese los pechos cada chica, podríamos hablar de una publicidad denigrante que vulneraría la legislación publicitaria y la igualdad de género.»

Alguien va a tener que explicarle a Rubén que en ningún caso la sexualización del hombre en publicidad puede compararse con la sexualización de la mujer, puesto que el hombre está siempre en una posición privilegiada mientras que la mujer sigue siendo sometida por su género. Precisamente esa ley de igualdad de género protege a las mujeres, no a los hombres, porque los hombres no estamos discriminados por nuestro género (en todo caso estamos discriminados, algunos, por nuestra orientación sexual -aunque aquí vendrá él a decirme que no tengo razón porque eh, es hetero-).
Para que se entienda mejor: no vivimos en una sociedad matriarcal en la que el hombre es constantemente retratado como un objeto de consumo para las mujeres; más bien todo lo contrario. Las mujeres son objetificadas constantemente en anuncios, televisión, cine, literatura, arte, música… El hombre no. Y puesto que no partimos de la igualdad de géneros no podemos comparar la objetificación sexual del hombre (anecdótica) con la de la mujer (constante).
Así que la analogía no es válida.

¿Sabes qué pasa, Rubén? Que si la oferta en lugar de ofrecer un 3×1 por tener una polla como un brazo de gitano ofreciera un 3×1 por ser blanco, sería racista. Si ofreciera un 3×1 por ser hombre, sería machista. Si ofreciera un 3×1 por tener los dos brazos sería capacitista. Porque el racismo, el machismo y el capacitismo existen. Lo que no existe, por mucho que algunos se empeñen, es la discriminación al hombre. Comparar esto a la verdadera discriminación es bastante absurdo y hasta ofensivo. Pero puedes estar tranquilo por los hombres que no tengan un rabo de 20 centímetros (que viendo cómo El Español cierra el reportaje hablando de la media española parece que sea ése el verdadero problema que tiene el «periodista») o los que lo tengan y sean señalados con la pulserita de marras, que ya te digo yo a ti que se lo van a pasar la mar de bien en esa fiesta.

Pero como a Sánchez, como ya me demostró en Twitter en su momento, no le importa meterse a hablar de cosas de las que tiene poca o nula idea riza el rizo en su denuncia de esta campaña (denuncia, recordemos, en un reportaje que no acabo de entender a santo de qué viene) y explica que la oferta supone «de entrada, un trato desigual en función del sexo» porque es una promoción «a la que una mujer no puede acceder«.
Sorpresa, Rubén: las mujeres no pueden acceder a Boyberry. Es un local de sexo para hombres gais.

Este tipo de reportajes sumados a los comentarios de Sánchez sólo consiguen dos cosas. La primera es demostrar que, para variar, el hombre hetero se alza una vez más como salvador y portavoz de un colectivo cuya cultura, prácticas, códigos y ética desconoce completamente. Pero hay que hacerle caso, por sus cojones.
La segunda es que el reportaje en si mismo sólo sirve para generar sensacionalismo barato y crear un debate alrededor de una inexistente polémica con la clara intención de desprestigiar al feminismo inventando que a los hombres (pobrecitos nosotros) también se nos sexualiza, se nos objetifica y se nos discrimina en base a nuestros atributos sexuales.

Cuando veo estos ridículos espantosos, esta perpetuación de prejuicios, esas comparaciones demagógicas y esa mojigatería de mercadillo (en el reportaje, en las declaraciones de Sánchez y en los comentarios)… Y teniendo en cuenta que no van a hacer ni el más mínimo esfuerzo por salirse de la heteronormatividad que defienden a capa y espada… Lo único que me apetece decir bien alto y bien fuerte es:











