Lo siento, El País; lo siento Íñigo; pero esto no es una guía de viajes “desde un punto de vista gay”. Esto es un insulto y una falta de respeto. Y si creéis que ése es el único “punto de vista” que un gay puede aportar a un viaje, apaga y vámonos.


Cuando uno se prepara para hacer un viaje es habitual buscar información en internet sobre el sitio que quieres visitar. Cuando un gay se prepara para hacer un viaje además de buscar puntos turísticos, tarifas y demás información básica también se informa sobre la situación del colectivo en ese país. ¿Es legal la homosexualidad? ¿Puedo ir a la cárcel si me olvido de dónde estoy y cojo a mi novio de la mano?

Y algunos incluso se hacen la pregunta del millón: ¿Quiero colaborar con mi dinero en la industria turística de un país que condena a prisión o a muerte a otros como yo que no tuvieron la suerte de nacer en mi país?

Si Íñigo Ayuso se hizo todas esas preguntas antes de viajar a Dubái… las respuestas no debieron incomodarle demasiado. En un artículo publicado hoy en Tentaciones (suplemento de El País) Íñigo estrena la sección “El Viajero Gay” y, de paso, se marca un texto que podría ser el equivalente “periodístico” a Dulceida regalando gafas del Zara a niños africanos y haciéndoles una foto para subirla a su Instagram.

¿Un país musulmán?” Se pregunta Íñigo al principio del texto, un texto que por más que releo sigue sin decirme exactamente qué tiene de especial Dubái para que yo, hombre gay, quiera visitarlo. Ayuso repite una y otra vez que Dubái es una ciudad prefabricada, en la que hay mil opciones de ocio (todas importadas), en la que todo es muy caro y en la que el único interés que parece poder despertar en un viajero es el de gastarse una millonada aparentando en un lugar creado para aparentar.

Un acuario con tiburones en un centro comercial, algo que según El País nos atrae a los gais.

Pero dejando a un lado el lamentable clasismo que desprende el artículo (los trabajadores “no cualificados del subcontinente indio” se mezclan con la clase media que “ocupa las recepciones, consejerías o barras de bar” y con una clase media alta formada por “jóvenes, guapos, dinámicos, bien formados y que conducen coches de gama alta“) Ayuso no tiene problema en darle glamour a la homofobia del país. Así, por ejemplo, El Viajero Gay recomienda que “si eres gay no vayas de la mano ni beses a tu pareja en público. Ni te pasees con tacones por el metro elevado. No es Madrid durante el Orgullo“. Es cierto que Ayuso explica que las estrictas leyes sobre la decencia en Dubái también afectan a heterosexuales; pero olvida que la heterofobia no existe y que ningún heterosexual ha sido condenado a prisión o a muerte por ser heterosexual. 

El acto homosexual está penalizado con hasta 10 años de prisión, incluso dormir en la misma casa sin estar casado, hetero o gay“; explica Ayuso, que en lugar de denunciar ese hecho (que puedes ir a la cárcel, Íñigo, por follar como follas tú) prefiere pasarlo por alto (como hacen los hoteles de lujo que no aplican la ley) y recomendar que pidas camas separadas porque “son enormes y sirven para dos personas de todas formas“. ¿Para qué se va a preocupar el Viajero Gay Cis y con dinero de las leyes homófobas si total, la cama de tu hotel de lujo es grande y puedes llevarte a un ligue a pasar la noche porque la recepcionista no llamará a la policía?

En Dubái tampoco hay ambiente gay, pero según Ayuso sí hay ciertas zonas en los bares de los hoteles (llenos de ex-pat, a los que parece venerar casi como si fueran Dioses) donde se juntan hombres gais y algunos locales que cada viernes organizan una fiesta gay. Eso sí, “ve de punta en blanco, el look de moderna desaliñada no se lleva para nada. Dubái es todo brilli brilli, camisas impolutas, vaqueros ajustados, marcas de diseñador internacional. Y mucho músculo.” Y ahí está otro gran error de Ayuso: creer que todos los gais del mundo viajamos únicamente con la intención de follar. Porque ¿qué si no va a hacer un gay de viaje?

Por eso recomienda cómo utilizar las apps de contactos (apps muchas veces utilizadas por las policías de países homófobos para detener a hombres gai, como se hizo en Chechenia durante la purga de 2017 que acabó con centenares de muertos y desaparecidos). Primero, instálate un VPN para deslocalizar tu teléfono; algo que reconoce es ilegal y te pueden expulsar del país pero… ¿a quién le importa eso cuando puedes “hacer match con cientos de atractivos árabes de los países colindantes y ex-pat deseosos de gente nueva“? Y, por supuesto, no subas una foto de tu cara en el perfil. “Por seguridad“, dice; y recomienda poner una foto “de pecho o abdominales. Porque si estás gordo o muy delgado no viajas, y si lo haces no vas a Dubái, un lugar en el que se llevan las marcas de diseñador internacional y mucho músculo.

¿Alguien le ha explicado a este señor que hay gais sin abdominales?

Obviamente cada uno puede viajar a donde le dé la gana y hacer con su dinero lo que le salga de ahí abajo, y también es cierto que a pesar de sus leyes y tradiciones Dubái puede considerarse un destino relativamente seguro para gais, lesbianas y bisexuales. Y déjalo ahí. Las experiencias turísticas de una persona trans en un país así puede que no tengan tanto brilli brilli, ni tantas copas a 20 dólares, ni tantos ex-pats simpatiquísimos y guapísimos con los que ligar… por mucho sentido común con el que viajen. Banalizar la persecución homófoba y moral en un destino turístico y quitarles hierro con frases como “en Dubái no tienes garantizado el derecho al habeas corpus ni el acceso inmediato a un abogado. Viaja con sentido común” es un acto profundamente egoísta y que roza la xenofobia; hay tantas excusas y consejos para sortear lo que a todas luces son violaciones de los derechos humanos que al final lo que te están diciendo es un “mala suerte si vives allí, pero si vas de visita y tienes pasta te lo vas a pasar de la hostia”.

No sé qué próximos destinos visitará Íñigo ni si seguirá hablando de ellos como si los gais únicamente supiéramos viajar para ir a fiestas gais y ligar con hombres musculados y ligar. Es evidentísima la homofobia interiorizada en ese planteamiento de que el gay no tiene ningún tipo de utilidad social y, por lo tanto, su existencia ha de basarse únicamente en pasárselo bien sin incomodar al patriarcado (algo que vemos constantemente en medios gais y sobre lo que el caso de Dolce&Gabbana es un ejemplo clarísimo). Tan evidente que resulta hiriente. Tanto para mí como para los centenares de miles de personas que no pueden vivir su sexualidad o identidad de forma libre por la homofobia institucional financiada (no en el caso de Dubái, pero sí en el caso de países como Indonesia) con el dinero de los turistas que prefieren hacer la vista gorda incluso cuando el gobierno les ataca a ellos.

Lo siento, El País; lo siento Íñigo; pero esto no es una guía de viajes “desde un punto de vista gay“. Esto es un insulto y una falta de respeto. Y si creéis que ése es el único “punto de vista” que un gay puede aportar a un viaje, apaga y vámonos. Es tal la falta de solidaridad, de empatía, en el texto de Ayuso respecto al colectivo LGTB+ natural de Dubái; es tal la banalización que hace de la persecución que sufren (y que él se salta instalando una app para deslocalizar su móvil, como si eso fuera algo aceptable); es tan asquerosa la forma en que glorifica los estereotipos tóxicos sobre el colectivo de hombres gais y su propio privilegio que acaba convirtiendo la homofobia en un juego del ratón y el gato y por eso ni se plantea que esté mal, ni qué hacer para luchar contra eso: se inventa formas de sortearla porque él puede hacerlo.

Si El Viajero Gay decide quedarse en casa y no volver a publicar sobre el tema… Nadie lo echará de menos. Porque el “punto de vista gay” respecto a un viaje a Dubái es otro muy diferente, por mucho que los 828 metros de altura del Burj Khalifa se iluminen “con miles de colorines formando dibujos y banderas frente a una fuente con chorros de agua de 50 metros. No puede ser más gay.

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