Una familia desestructurada, una marica muerta, un hermano muerto, un novio atormentado, hermanos que se odian, parejas que se rompen, parejas que se crean, una madre que nunca ha estado y que de repente aparece para compensar su ausencia… y un hada madrina travesti. Ese es el retrato familiar que nos ofrece Abel Zamora en La Pensión de las Pulgas.
Cuando en una familia nada es idílico, las relaciones entre sus miembros sólo pueden ir a peor complicarse. En un tono costumbrista cercano al feísmo el texto de Zamora pone delante de tus narices del espectador la miseria de la condición humana. Una familia que muestra sus secretos sin ningún pudor, cuyos miembros ya no se avergüenzan de ellos. Al contrario. Presumen aireando sus trapos sucios en una espiral de autodestrucción de la que será muy difícil escapar.
En Yernos que aman todo es excesivo: las sensaciones, el texto y la interpretación. Y el espectador lo agradece. Es esa sensación abrumadora, a ratos asfixiante, la que convierte esta obra en algo distinto, en algo único. Uno no puede dejar de horrorizarse ante las situaciones que se le muestran, pero al mismo tiempo no puede dejar de sonreir por esas pinceladas de humor tan hábilmente colocadas que consiguen romper la tensión, que créanme, no es poca.
El daño de las ausencias, las cicatrices del amor, y en definitiva, las heridas que nos causan los seres queridos son el eje central de esta historia coral ejecutada mediante unos personajes muy peculiares a la vez que realistas y como diría Mila Ximénez oscuros. Porque, al fin y al cabo, todos ocultamos algo, ¿no?
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