Aclaración: los gifs de este artículo los ha seleccionado Hidroboy
A pesar de que uno va cumpliendo ya una edad siempre es genial que alguien tenga la capacidad de sorprenderte de nuevo.

Y creedme que no es fácil, por que estamos tan de vuelta de todo que hemos perdido la capacidad de dejarnos llevar y ver qué pasa. Pero yo, que soy la rara de la manada, que me siento tan vivo en estos momentos y que estoy aprendiendo a sentir tantas cosas de nuevo, de repente alguien va y ME SORPRENDE. Y eso es lo que me pasó a mí este último fin de semana en Madrid, además de muchas otras cosas.
PLANTEAMIENTO
Un cita a ciegas siempre es un riesgo, y más cuando idealizas a la persona de cuatro fotos de Instagram o de dos tweets mal cruzados por accidente. Pero es un riesgo muy necesario para alguien que se siente vivo.
Seis de la tarde y yo con resaca. Salgo a la calle con un ibuprofeno en el cuerpo y me paro en un pequeño comercio a comprar un agua y un Kinder Bueno. Como no sé exactamente qué va a pasar me aplico el cuento del maricón precavido por si me agarra el hambre. Total, si no me gusta o es idiota, tendré que salir corriendo y acabaré comiendo antes. ¡Quién sabe!
Y allí que me planto yo, en pleno centro de un Madrid ajeno y anónimo, esperando conocer al tío que pone caritas de pena en sus fotos y rogándole a lo que quiera que haya en el cielo que personalmente sea aún más perfecto que en sus fotos. Y empieza el drama. Hemos quedado a las seis y media pero NO ME FUNCIONA EL MÓVIL. Ya me había pasado otra vez y no recordaba que en este punto donde hemos quedado la cobertura es de puta pena. ¿Y como le digo donde estoy? No hemos concretado el punto exacto y aquí hay mucha gente. ¿Me reconocerá? Para colmo voy sin gafas y sin lentillas, a pelo, por lo tanto de lejos no veo un pijo. Pasan los minutos e intento localizarlo. ¿Habrá venido? ¿Me habrá visto y efectivamente ha comprobado que no le gusto y se ha largado? ¿Qué voy a hacer toda la tarde?
Y justo cuando ya me estaba cagando en mi puta suerte se me ocurre alejarme un poco del centro de la plaza para ver si, como si de un rayo de esperanza se tratase, la cobertura vuelve y me relajo. Y ahí que se cruzan las miradas. Y ahí que me cago vivo.
Y ahí que ni siquiera le doy dos besos porque me pongo como las locas a justificarle la puta cobertura de la zona y la porquería de compañía móvil que tengo. Y mientras hago todo esto lo miro. Lo miro con tanto detalle que por un momento mi cerebro desconecta de mi boca, y no sé si le estoy hablando de todo lo que os acabo de escribir (la cobertura, la compañía…) o de cualquier otra cosa sin sentido. Pero me da igual. ¡Qué guapo es coño!
Y me pongo nervioso, porque en mi cabeza empieza el drama en el cual me hago a la idea de que no le gusto nada, que claro, cómo se va a fijar un tío así en alguien como yo. Pero contra todo pronóstico y mientras yo espero que le suene el móvil y me plante con la excusa perfecta me suelta que cuánto tiempo tengo para él, si tengo prisa y que qué me apetece hacer. Y yo, en mi diálogo interior conmigo mismo, me digo: «mira tío, para ti tendría la vida entera, tengo CERO prisas y si tengo que verbalizar lo que me apetece hacer contigo automáticamente saltarían los dos rombos en mi cabeza». Así de romántico todo.

Total, que el tío sabe muy bien cuáles son sus puntos fuertes (esto lo descubriría yo más tarde cuando, por supuesto ya era demasiado tarde) y toma las riendas diciéndome que me va a llevar a un sitio genial que no me piensa decir hasta que lleguemos. Y así empezamos a caminar, yo flipando por lo guay que está siendo todo, y él por que ya ha descubierto mis puntos débiles. Y eso es un error fatal.
NUDO
Llegamos al sitio, veo una cola enorme de gente y me dice: ¡no sé si vamos a poder entrar porque está a tope! Y no, no me llevó a un Rita.
Y yo pienso: ¿Eso es un teatro? ¿Me estás llevando al teatro así por que sí? ¿De repente? ¿Sin planear nada? ¡Cásate conmigo! Bueno, todo esto no lo pensé de golpe ni en este orden, pero sí que lo pensé en diferentes momentos de la noche. Soy así de cutre. Pegadme. Y nos ponemos a hacer cola. Y en la cola, mientras yo lo miro con mucha atención, me explica lo que es el MICROTEATRO POR DINERO, que es realmente de lo que va este artículo.
Pero yo lo cuento como me da la gana.
Me explica que estamos frente a un ex-prostíbulo ahora reconvertido en teatro. Pero no es un teatro cualquiera. Juegan con la idea de que cualquier clase de trabajo es en sí un acto de prostitución, una forma de conseguir dinero donde se pacta con el cliente un precio previo por algo que va a ser corto pero intenso. Y allí se prostituyen actores y directores, en cinco salas tan pequeñas como cualquier habitación de tu casa, donde se suceden historias tan cortas y maravillosas como la vida misma.
Pequeñas genialidades de quince minutos para quince personas por grupo. Él elige dos obras, «Cena para dos« y «Lechuga«.
Yo no tengo ni idea de qué va ninguna de las dos, es más, me da absolutamente lo mismo. Yo solo quiero que me preste atención pero sin que se me note que estoy perdiendo el culo por que me bese. O que me haga algo, pero que lo haga ya.
En el mismo teatro hay un bar donde se puede comer y tomar una copa. Nos pedimos dos gintonics mientras pienso que voy a acabar como las grecas antes de ver ninguna obra, por que sigo de resaca, sin comer y sin beso. Pero como estoy decidido a petarlo todo y más, asumo el riesgo, mientras me consagro a cualquier virgen que haya por el universo que tenga un mínimo de compasión por un maricón en apuros.
Y mientras esperamos para ver las obras nos contamos la vida. Tan chupis y tan majos estábamos y yo tan absorto de todo que, en un descuido, casi me atraganto con un grano de esos que flotan en los gintonics y que están tan de moda. Y suena la campana, nos llaman para la primera obra.
CENA PARA DOS
La sala donde se desarrolla es tan pequeña que tienes la sensación de estar presenciando la escena sin que los actores se den cuenta. Un rollo como en esas películas en que alguien muere y se pasea por el mundo intentando comunicarse con los vivos pero nadie le hace caso. Pues algo así. Tan bonito. Os podéis encontrar que incluso uno de los actores que entra por la puerta es tan famoso que ni os lo podéis creer.
Pero así es el teatro, y aquí las cosas pasan tan cerca que cuando te quieres dar cuenta ya ha terminado. El título de la obra es tan sugerente que pienso que ojalá tenga yo una cena para dos esa misma noche. Con él. Y no os puedo contar, al menos de momento, ni el final de una cena ni de la otra.
LECHUGA
Seguimos con el gintonic en la mano, y nos llaman para la segunda obra. Yo empiezo a notar los efectos del alcohol sobre mis neuronas y se me empieza a escapar la risa tonta. Por suerte a él también, así que pierdo la vergüenza a quedar como un idiota. Bueno no sé, simplemente pierdo el miedo.

En las salas de este teatro apenas hay taburetes, y como ya he dicho son tan pequeñas que lo más probable es que te quedes de pie y que tengas que tocar a alguien. Pero bien cerca. Y él se apoya sobre mi que estoy contra la pared, para dejar paso al actor que entra por la puerta. Es la primera vez que lo huelo tan de cerca y me doy cuenta de que inconscientemente he cerrado los ojos para disfrutar el momento y que se me quede grabado en el cerebro. ¡Huele tan bien! Pero no a un perfume concreto, huele como a champú de la última ducha y se me hace como súper erótico.
Fíjate tú, con veintinueve años y casi empalmado por oler a champú. Y empieza la obra, que es sonora, pero apenas tiene diálogo. Pero nunca una obra con tan pocas palabras comunicó tanto. Tiene un mensaje tan bonito que si al final no te remueve la conciencia es que estás muerto.
Y no se si será por el alcohol o por el maromo que tengo al lado que se me ha puesto la piel de gallina. Por que en quince minutos dos actores que no conozco de nada me han explicado el momento de mi vida en el que me encuentro. Sin decirme nada pero diciéndomelo todo. Y me quedo con el mensaje de que por muy cuadriculado que seas en esta vida siempre hay ingredientes que la hacen más llevadera, y que si quieres que las cosas cambien, tú has de cambiar con ellas y adaptarte. Nada es perfecto, ni siquiera una ensalada en la que todo tiene cabida y es tan adaptable a todos los gustos.
DESENLACE
Aún sigo como raro por que acabo de descubrir que aquello que me gustaba en una foto es tan real que aún me gusta más. Y salimos del teatro dirección hacia una cena para dos, quizás con la intención de descubrir si estábamos dispuestos a cenar ensalada, sólo removerla o probar un poquito y dejarla entera. O tan sólo poner o quitar ingredientes, o vete tú a saber qué. A él se le escapa un beso velado, que me lo planta en los labios sin casi esperármelo. Ha sido tan infantil y tan espontáneo que siento que me derrito por dentro. Y mi sonrisa se enciende tanto que por primera vez vuelvo a sentir miedo.
Pero esa es otra historia, por que yo tan solo quería hablar de teatro.
Si estáis en Madrid y os apetece sorprender a alguien como lo hicieron conmigo, podéis disfrutar de esta maravilla en:
Calle de Loreto Prado y Enrique Chicote, 9, 28004 Madrid
















