C’est fini. Fin del culebrón. Al final, Francia se ha bajado los pantalones ante ese país tan poderoso llamado Ciudad del Vaticano.
A estas alturas no sé si quedará alguien en la sala que todavía se crea lo de que la Iglesia está cambiando y que tenemos, ¡aleluya!, un Papa que es muy moderno, muy renovador, muy gayfriendly y muy-de-todas-las-cosas-guays-friendly. Sentimos echaros otro jarro de agua fría: amigas, Francisco no quiere embajadores homosexuales en el Vaticano. Es así de sencillo y ni siquiera intenta, como acostumbra, maquillarlo de ninguna manera.

En enero del año pasado, el Gobierno francés sorprendió al mundo anunciando el nombramiento de Laurent Stefanini, un diplomático abiertamente homosexual, como su representante ante la Santa Sede. Y así comenzó un duelo de medirse las pollas diplomático entre ambos. Stefanini parecía que lo tenía todo para echarse un buen novio entre los obispos: católico practicante y con una muy buena red de contactos en Roma y en la propia Sede Apostólica, formada durante los años que ocupó el puesto de adjunto al embajador.

Pero desde el Vaticano respondieron haciéndose las sordas, que es su forma fina de decir sin decir nada «este no me gusta, pónganme otro maromo embajador». El gobierno francés decidió mantener la candidatura, con la idea de demostrar quién manda aquí forzar una declaración de rechazo, algo que es muy poco habitual. Y así estuvieron más de un año, con el Vaticano negándose a decir nada y Francia manteniendo su postura inicial y con la sede diplomática vacía. Como si ser homosexual fuese equiparable a una terrible cartilla de antecedentes penales que te incapacitasen para ostentar ese cargo.

Aunque algunos dicen que el Papa tuvo una reunión discreta de 15 minutos con Stefanini para decirle que mejor hiciera las maletas y se fuera a su casa, hasta ayer Francia no anunció oficialmente que nombrará un nuevo embajador ante el Papa en 2017 (se ve que realmente el cargo no es de mucha importancia y que no tienen demasiada prisa). Francia, otrora tan intransigente en cuando a defender este tipo de libertades, dio finalmente su brazo a torcer ante la ciudad de San Pedro con esta decisión vergonzosa. El nuevo destino del bueno de Stefanini será como representante de Francia ante la Unesco.

Esta noticia coincide, jatetú, con la publicación de la exhortación «La alegría del amor», con la que el Papa intenta convencernos, una vez más, de lo progre y gayfriendly que es su organización. Entre otras cosas, nos cuenta el consabido cuentecito piadoso de que no admite «discriminaciones injustas» contra las personas con tendencias homosexuales, y como siempre nos preguntamos si rechazar a una persona y negársele ocupar un cargo diplomático es una discriminación justa o no. Debe ser que en su extraña visión del mundo sí es una discriminación aceptable.

Fuente | Têtu









