No voy a ser yo el que se queje de que Hillary Clinton ahora sea super amigui de los gays. Que ya podía haberlo sido cuando su marido era presidente, pero oye, todo el mundo tiene derecho (incluídos los políticos) a ver la luz. Aunque sea tarde. ¿Verdad, Javier Maroto?
La candidata a presidenciable por parte del partido demócrata ha centrado gran parte de su campaña en el apoyo al colectivo LGTB, con anuncios que incluían a parejas homosexuales e incluso con anuncios dirigidos directamente a ellos. Ahora sólo le falta salir en un capítulo de Galavant (el nuevo guilty-pleasure marica) o hacer un dueto con Lady Gaga o cualquier cosa tremendamente marica para terminar por ser la suegra que todo marica querría tener.

El último paso que ha dado la Clinton para demostrar su alianza con las personas LGTBQWERTY ha sido lanzar en Twitter un mensaje muy claro sobre las «terapias de conversión»:
LGBT kids don’t need to be “cured” of anything. pic.twitter.com/NMypo9ZaGY
— Hillary Clinton (@HillaryClinton) January 7, 2016
«Los niños LGTB no necesitan ser «curados» de nada«
Acompañado del texto: «Es el momento de terminar las terapias de conversión para menores. Debemos apoyar a los niños LGTB, no intentar cambiarlos«.
Actualmente en Estados Unidos las «terapias de conversión» (lo pongo entre comillas porque ni es terapia, ni convierte, ni nada de nada) sólo están prohibidas en cinco estados: California, Nueva Jersey, Oregón, Washington e Illinois. Pero la intención de Hillary es, si llega a la Casa Blanca, prohibirlas en todo el país. Y viendo lo poco locos que están en EE.UU. seguro que lo tiene súper fácil.
Por cierto, en España las «terapias de conversión» no están prohibidas explícitamente aunque como explican en este artículo del diario Público pueden llegar a perseguirse legalmente argumentando la mala praxis del «profesional» que las imparte. Básicamente: ¿cómo coño vas a «curar» algo que la OMS no tipifica como enfermedad? El problema, en la mayoría de los casos, es que los que se someten a este tipo de mierdas que no hacen más que causarles más daño acuden precisamente por la vergüenza que sienten por culpa de su entorno. Lo que implica que es poco probable que cuando vean que no funciona y se sienten aún peor que al entrar por la puerta decidan denunciar al «médico».
Y luego, evidentemente, está el tema de los padres que envían a sus hijos menores a estas terapias y el daño que les causan. Alguien debería ponerse a ello. Mira, Javier Maroto sería la persona ideal para ello.











