Tal como ha anunciado Col·lectiu Lambda en su página de facebook, la Federación de Sociedades Musicales de la Comunidad Valenciana ha firmado el compromiso de sumarse a unas fiestas sin discriminación, para que en las Fallas de este año no se oiga el vergonzoso y rancio “Maricón el que no bote”. En su lugar, proponen usar Borinot, que es una forma cariñosa en valenciano para referirse a los que son un poco torpes.

Vamos, como tú, que eres arrítmica y nunca fuiste capaz de hacer el baile de la taza y la tetera.

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Esta campaña ya lleva unos años en marcha y parece, por lo que nos dicen, que va funcionando cada vez mejor y que ya se escucha cada vez menos la cancioncilla del “maricón el que no bote”. Y nosotros nos alegramos muchísimo, aunque todos los años tengamos que aguantar a maricones como nosotros diciendo que es sólo una tradición y que es algo que se hace por beber  la fiesta y que no pasa nada por participar de ella. La pegajosa tonadilla se puede oír en muchas fiestas populares de la España mediterránea, como en este pueblo de Albacete.

¡Qué derroche de creatividad, de lírica, de poesía, de interpretación musical! Maricón el que no bote, maricón el que no se siente, maricón el que no se tumbe, maricón el que no corra, maricón, maricón, maricón, pim, pam pum.

Y los mozos y mozas del pueblo, con sana alegría mediterránea saltan, botan, se tumban y lo que haga falta, para demostrar, y  que quede bien claro, que no son maricones, que son como lo demás, como hay que ser. No vaya a ser.

De eso se trata. Desde pequeños, nos invitan a sumarnos al rebaño. Que hay cosas que están bien y cosas que no. ¿Os imagináis un “Pepero el que no bote” (que oye, en Valencia no estaría mal), o un “Negrata el que no bote“? Cada cancioncilla de estas es un recordatorio, y en cierto modo una advertencia, de que el maricón es diferente. Un marginado del que todos nos podemos reír (basta ver el tonillo de la música), el que nadie quiere ser… Lo que nos está diciendo esta celebración tan festiva es “no seas así, apártate de ese camino. Sé como nosotros, y bota con nosotros.”

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Eso es, amigas, la raíz más profunda de la homofobia.

La gracia que nos hace la canción de los cojones
La gracia que nos hace la canción de los cojones

En España ya nos huele muy mal la canción Puto, de Molotov, y se puede liar bastante parda cuando la pinchan en algunos sitios. Pero siempre tenemos que escuchar comentarios de gente que nos dice que ellos son homosexuales y que les encanta bailar al ritmo de una canción que pide “matarile al maricón”. O que el uso de la palabra “puto” no es un insulto, porque una vez abrieron un diccionario es algo cultural, como dice, para justificarse, la federación mexicana de fútbol. Y sí, quizás ése sea el problema: vivimos en una cultura en la que reírse del maricón, del puto, del sarasa, ha estado tradicionalmente muy bien visto; además de que nos cuesta distanciarnos de algunas tradiciones, aunque sean nefastas.

No le vemos diferencia con la homofobia en el fútbol
No le vemos diferencia con la homofobia en el fútbol

Algunas quieren ir de que han leído un libro además del diccionario sensibles y de modernas y te dirán que es que cuando dicen “maricón”, o “puto”, no hablan de maricones. ¿Cómo van a hablar de eso, si tienen muchos amigos son gays? Niños, es hora de que conozcáis la verdad. Si estas palabras tienen otras acepciones, como “persona sin carácter, poco valiente, sin criterio, débil” o algo por el estilo (siempre en la misma línea, no vayáis a pensar) es precisamente porque vivimos en una cultura que durante siglos se ha encargado de colgarnos esas etiquetas.

No importa que haya habido y haya maricones en todas las profesiones, futbolistas que hayan marcado goles espectaculares, aventureros que hayan llegado a donde nadie hubiera llegado antes o que hayan contribuido a la ciencia como ninguno. O que simplemente fueran un señor o una señora que estaban en su casa tranquilamente sin meterse con nadie. Durante mucho tiempo todos esos méritos no valían nada si se descubría, además, que eran homosexuales. Eso era lo que importaba, lo que había que señalar, estigmatizar y ridiculizar.

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Ahora diréis que nos pasamos el día diciendo que somos maricas y llamándonos maricones entre nosotros . Y sí, lo hacemos. Como lo canta Samantha en su vídeo. Nosotras sabemos lo que se siente cuando se oye un maricón a tus espaldas. Puede que ya hayas madurado y que no te haga daño casi nunca . Pero sigues poniéndote alerta por lo que pueda venir después, en forma de comentario y tal vez en forma de cosas peores. Y eso, en el fondo, te puede acompañar toda la vida. Por mucho que lo superes y decidas usar tú la palabra. Somos maricones, lo decimos y botamos, cantamos que a la Iglesia le molesta y no pasa nada. Somos felices así. Pero no se nos olvida qué uso le dan los demás algunos a esta palabra.

Somos felices si nos pedís proponeís sexo
Somos felices cuando nos proponéis sexo

Maricones que nos leéis: el lenguaje es muy importante, y se puede usar de muchas maneras. Que algunas os hacéis sois muy listas para algunas cosas menos para lo que (n)os conviene. Por eso, cuando botáis con esta canción “porque es una tradición” vosotras seguramente vais tan ciegas que os da todo igual, pero lo que estáis haciendo es perpetuar un mensaje de odio. No solo eso: estáis participando de él e impidiendo su extinción.

Para vosotros es un momentito de fiesta, pero a lo mejor le estáis recordando a un chaval que tenéis a unos metros que “no hay que ser” maricón como le dicen todos los días en el instituto, y no precisamente de buenas maneras. Y ya si algunos insistís en mantener la letra de la canción, lo que os proponemos es un baile alternativo.

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Fuente | Lambda