Una chica (o un chico muy homosexual), en un momento de la noche,dijo algo así como «¡Esto es lo más moderno de Madrid!», pero lo cierto es que Aníbal Gómez (Muchachada Nui) y Carlos Areces llevan ya seis años con este dúo de subnopop, como ellos lo llaman, donde a veces hacen conciertos, otras veces solo pinchan y en ocasiones, lo mezclan todo. Precisamente esto último, un batiburrillo de propuestas, fue lo que Ojete Calor nos dieron el sábado pasado en la sala Caracol de Madrid que registraba una media entrada, lo cual fue absolutamente ideal para disfrutar de la propuesta de esta extraña pareja, dado que se estaba bien, cómodo, fresquito, divertido. Y el respetable era de los más… heterogéneo; desde maris barbudas, más conocidas como hipsters, hasta niñas poperas del siglo XX, pasando por los irreductibles grupos de bolleras, parejas hetero mil y una nube de chicas straight loquísimas. Los allí presentes solo podíamos dar gracias a que no hubiera ningún grupo de despedida de soltera con pollas en la cabeza (aunque eso hubiera dado mucho juego).

El telonero fue El Gran Puzzle Cózmico (¿un guiño a Janis Joplin?) músico y DJ «de la corona de Aragón» que lleva más de diez años con este pop electrónico lo-fi, donde, armado de un sample y un ordenador pone música, o trozos de música, de corte bailable mientras lanza sus diatribas y proclamas que parecen discursos políticos pero que, en realidad, tienen un contenido de lo más… loco. El bien y el mar, La mató porque brillaba, Mi perro es del Pryca son algunos de sus títulos que cantó junto con varias de sus frases más celebradas: Si Jesucristo tuviera cresta sería Jesucresta, Bertín Osborne cabalgando desnudo por la playa, non ti preocupare. Su pop… roto, bebía directamente, o eso creemos aquí, del McNamara de Rock Station y es que esas rimas y esas letras surrealistas ya las esputaba Fabio por su boca como el que lanza flores. Para calentar motores estuvo más que bien y la gente lo celebró.

Al son de Por un puñado de dólares, de Ennio Morricone, salieron Areces y Gómez, Ojete Calor, el primero con camisa de señor y pantalón corto y Aníbal, con gorra camiseta del grupo The KLF y pantalones hasta más abajo del tobillo. Entre gritos del respetable arrancaron con Ojete Calor y aquello ya fue una fiesta desde el minuto 1. Desde entonces se sucedieron éxitos enlatados de casi cualquier estilo musical que ellos pinchaban desde sus reproductores, desde el Break on through (to the other side) de los muy heteros The Doors, hasta el Solo se vive una vez de Azúcar Moreno, pasando por clásicos de la música más mari de los últimos años (Wannabe de las Spice) hasta el Eres tú de Mocedades, moteado todo de canciones del propio dúo que cantaban… en play back: Viejoven, Cuidado con el Cybor, 0’60, ya famosas, fueron coreadas por el público circundante. Cuando pincharon You can’t leave your hat on, clásico del despelote de discoteca de pueblo, un chico subió al escenario con la intención de hacer un striptease pero, ay, justo en el momento más interesante se dejó el gayumbo puesto y salió corriendo como una comadreja.

En el último tercio, el público, ya calentito, se agolpó hasta la mismísima primera línea y fue cuando Areces se marcó un «solo» con la Melodía Encadenada de los Rigtheous Brothers, en plan crooner, y hasta se arrodilló en el escenario y tendió su mano para que todos se la tocásemos (la mano). Momento puntal de la noche.

Tras más de dos horas de pinchar y jalear al público, Aníbal y Carlos, bastante cansados, dieron carpetazo a la fiesta (porque de concierto no podemos hablar) con «la canción que marcó una época», nada menos que la Lambada y, a pesar de que todos y todas teníamos ganas de más, aquello dio para lo que dio y las luces de la sala Caracol se encendieron, la música se apagó y todos salimos como corderitos del recinto prometiéndonos no perdernos la próxima actuación, o lo que sea, de Ojete Calor.









