Ni de coña podíamos imaginar que cuando el cuadro apareció en nuestras vidas y en nuestras camisas sería para siempre. Si amiga si, el cuadro apareció hace ya 800 varias temporadas. Lo mirábamos con reticencia al principio, nos empezó a gustar después, y hasta le declaramos nuestro amor.
Pero cari, el amor se acaba. No eres tú, no soy yo. Es la camisa de cuadros, que la venden hasta en el mercadillo del barrio, y se ha convertido en estandarte del lesbianismo.
La camisa de cuadros tipo leñador, como su nombre indica, es para leñadores. O en su defecto para aquél que lo parezca, ya sabes: un macho empotrador hombre fuerte, con un torso de infarto, con unos brazos bien definidos que podrían levantarte en peso y hacerte llegar al cielo, con barba de varios días, con esa ligera o espesa capa de pelo bien colocada que tan malos nos pone nos hace cosquillas cuando la sentimos en la espalda, y que desprenda follabilidad masculinidad por cada poro de su piel.

Si nadie te lo ha dicho antes, te lo digo yo: No eres un leñador por ponerte una camisa de cuadros. Así que, si no cumples estos requisitos, y tienes más pluma que un sombrero de Marujita Díaz, nunca serás un leñador, ni un Bear. Ni nada. Sólo serás una marica con una camisa de cuadros, o si tienes suerte igual te confunden con una bollera andrógina. No lo hagas por mí, hazlo por ti, porque no es plan de ir disfrazadas cuando no es Carnaval ni Halloween.
Pero si no tuviéramos bastante con las camisas de leñador, también hay una moda incipiente y preocupante: las camisas de cuadros tipo “padre”. Y no, no pareces más respetable o maduro por llevar una camisa de tu padre. Aunque sé de alguno que me odiará por escribir esto, no te hacen bien. Debes deshacerte de la vejez prematura.
La relación con la camisa de cuadros sobrepasa la media de lo que duran las parejas homosexuales. Así que chicas, que no se diga: acaba con ella. No vayan a tacharnos de romanticones, y suba la media de duración del amor marica.









