En esto de titular películas se tendría que tener mucho, muchísimo más cuidado. Uno pone, a día de hoy, «rumbos película» en su buscador de internete favorito y los resultados son unos catorce, catorce diferentes y que no atañen a la peli que estamos comentando hoy. Lo mismo pasa con filmes vistos últimamente, Demolition, The program, Grandes familias,Summer camp, El reino de los monos… ¿De verdad no se pueden poner títulos más originales y que no creen confusión e incompatibilidades cuando se busca por la red o se habla de ellas?
A parte de eso, Rumbos es una muy buena película en la que se entrecruzan varias historias en una noche calurosa barcelonesa alrededor de cuatro profesionales del transporte: un taxista, un camionero y dos ambulanceros a los que se une un par de chicos en un descapotable. Sobre ellos gira todo el filme, enlazándose sus historias y pendiendo, de cada uno (y de cada automóvil), otras tantas historias más.

La directora, Manuela Burló Moreno (Cómo sobrevivir a una despedida), despliega su muy buen oficio en una película que tuvo que ser complicada de rodar y, sobre todo, de montar. Cada una de las piezas de este magnífico puzzle encaja perfectamente como si de un engranaje se tratara.
Cuatro historias diferentes hilvanadas por un programa de radio nocturno de esos a los que la gente llama para contar sus movidas, programa que cuenta con la voz de la gran Julia Otero, cuya aterciopelada dicción envuelve todas estas historias de la fascinante madrugada de Barcelona.

El largometraje cuenta con los prolíficos Carmen Machi y Karra Elejalde (y definitivamente, cuando Karra se aleja de su trasnochada imagen de golfante y se pone a hacer papeles de lo que es, un hombre mayor, gana muchísimo), a los que se une un (casi siempre) solvente Ernesto Alterio y una Pilar López de Ayala a la que nos costó muchísimo reconocer. Mención especial merece la buenísima composición de Fernando Albizu, que da vida al camionero enamorado y los dos chicos del descapotable, Christopher Torres y Emilio Palacios, cuya bien temperada interpretación de dos descerebrados poligoneros (sin caer en lo chabacano pero sin perder esencia) es, sin duda, lo mejor de este filme.

Hay que destacar también la música de Mikel Salas, electrónica de diseño, suave y ronroneante, que acentúa magníficamente las escenas en la noche barcelonesa y que cuenta, como regalo, con no pocas canciones originales que hacen que toda la banda sonora sea un elemento más, e imprescindible, en este película estupenda que recomendamos.









