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Los más viejunos del lugar guardamos muy buen sabor de boca de una serie de los 80 llamada Beauty And The Beast en la que una Linda Hamilton pre-Terminator compartía pantalla cada semana con Ron Perlman en los papeles de la asistente del fiscal Catherine Chandler y su amor underground, Vincent al que conoce por equivocación en un periplo a los túneles del metro de Nueva York. Así, descubríamos que tras esos oscuros pasillos había otro mundo, poblado de extrañas criaturas que han decidido que la vida en la superficie no es para ellos y han creado una sociedad utópica en la que Vincent, la Bestia, a pesar de ser un ser deforme (con rasgos leoninos) es querido y venerado como el protector de estos parias.
En aquella época, para los amantes del cómic, vivíamos en las páginas de La Patrulla-X la transformación de Tormenta en una punkarra que se hacía con los mandos de los túneles del metro donde vivían los Morlocks, que eran los mutantes feos, que no encajaban con el modelo de mutante de la Patrulla X. Estos motivos y el hecho que me recordara a Laberinto fueron suficientes para engancharme a esta serie que devoraba cada semana cuando la emitían en televisión. Durante tres temporadas (de 1987 a 1990) lo único que quería saber era si, como en el cuento de hadas, Vincent se volvería guapo gracias al amor de Catherine. Pero la serie era mucho más que el amorío de estos dos y me enseñó una valiosa lección: la belleza está en el interior (¡ja!).
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Y en estos tiempos de crisis que corren, no solo nos falta la pasta sino que parece que nos faltan las ideas y nos invaden los refritos que quieren hacerse un hueco en nuestra parrilla. Algunos con más éxito que otros (¿De verdad llevamos 5 temporadas del ‘Sensación de Vivir 2.0’?). Así que los avispados productores del canal dirigidos a adolescentes shopaholics de Warner, The CW, deseosos de hacer caja con un target un poco más entrado en años (y por tanto, con más dinero para gastar) tienen la genial idea de evolucionar hacia series más ‘adultas’ y con menos bolsos de Louis Vuitton por minutos de metraje.
Y aquí es cuando llega la versión 2102 de La Bella y La Bestia. Con la Kristin Kreuk de Smalville en el papel de Catherine Chandler y el chulazo de Jay Ryan como Vincent.
¿Y la historia? Pues vamos a adaptarla a los tiempos que corren, cómo no. Una especie de suero del supersoldado calcado al del Capitán América, que consigue que la fuerza y agilidad de Vincent sean similares a las de una bestia (y pobrecito que tiene una cicatriz y eso lo hace muy feo ¿eh?), que se dedica desde hace años (y en las sombras, bien de sombras en todo el episodio) a salvar a la pobre Catherine, que ya no es ayudante del fiscal sino policía buenorra y que tiene una compañera más bollo que Roseanne y Rosie O’Donnell juntas. ¿Las Cagney y Lacey 2012? ¿Por qué no? Puestos a meter ideas viejunas pasadas por el tamiz glamuroso de The CW…
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Y poco más hay que comentar sobre esta serie que parece no tener rumbo alguno. Casos de asesinato al más puro estilo Bones, aderezados por el típico romance de las series del canal (¿triángulo amoroso con la compañera de Catherine?) y con sustancia cero.
Le auguramos menos futuro que Ringer, que ya es decir. Ahora os toca decidir a vosotros si merece la pena o si, como la mayoría de los estrenos de esta temporada, se va directamente a la papelera.
Y para chulazos, nos quedamos con el protagonista de Arrow, que al menos se quita la camiseta y eso nos distrae del poco argumento que tenga la serie.









