Jake Gyllenhall es uno de los más grandes actores de su generación. Quien lo descubrió en la irreverente Donnie Darko y vivió su ascensión al olimpo hollywoodense con Brokeback Mountain no habrá podido olvidar sus genitales geniales interpretaciones en esas dos películas que han dejado poso y han supuesto una marca en el cine del siglo XXI. A estos logros hay que añadirle una película modesta pero absolutamente fabulosa como Enemy (Dennis Villeneuve, 2013), basada en la novela El hombre duplicado de José Saramago, donde componía un personaje doble con absoluta brilantez. Últimamente lo vimos en un largometraje algo menor pero donde también hacía un excelente trabajo, Nightcrawler. Bien, esta Demolition nos ha servido para confirmar que, cuando Gyllenhall está bien dirigido, está sublime, pero como lo dejen suelto se pone a hacer mamarrachadas, como lamentablemente las hace en las tres cuartas partes de este filme.

Y eso que la peli empieza bien: un matrimonio de Nueva York compuesto por un marido broker y la hija de su todopoderoso jefe, una bella y elegante mujer (papel muy bien interpretado por Heather Lind) se dirigen a sus trabajos pero pasará algo que dará un radical giro a sus vidas.

A partir de ese momento, la película se vuelve un caos, con Jake Gyllenhall haciendo el idiota sin control alguno, paseando su cara de gato por la pantalla hasta que te hastías de ella. No es que Gyllenhall sea un mal actor, ni mucho menos, solo que aquí, suelto como polla pollo sin cabeza, sus dotes de contención son pocas y, además, parece como si hubiera hecho este trabajo con el piloto automático puesto. A su lado, una Naomi Watts que se dedica a estar, a ser maravillosa y a poner poses de «mira qué guapa soy», viviendo aún de Mullholand Drive y del «yo he hecho una película con Woody Allen». Como esta chica no espabile le van a pillar el terreno actrices más jóvenes y con más talento que vienen apretando. Así que date cuenta, nena, que ya tienes una edad.

Tras la nube de despropósitos en lo que este filme se convierte (con buena dosis de aburrimiento incluida), resulta curioso que las escenas políticamente incorrectas no funcionen puesto que, para que eso se active, se ha de contar con un buen guion y buenas interpretaciones. Y no. no es el caso. Los segmentos salidos de madre no escandalizan y, además, no vienen a cuento. Una pena.

Con todo, lo mejor son los secundarios: la ya citada Heather Lind que compone un etéreo personaje que brilla por sí solo y que se come a la Watts a pesar de salir muy pocas veces; el veterano actor Chris Cooper (American Beauty, Spiderman 2), que interpreta al suegro de Gyllenhall, aporta peso específico, autoridad y una presencia que por sí sola dice más que los interminables mohines de Gyllenhall; y el mejor de todos, el jovencísimo Judah Lewis en el papel de hijo de Watts, que compone de manera brillante el personaje del niño-adolescente con dudas, que se pinta las uñas, se pone ropa de chica y se va a bailar a discotecas maricas simulando ser mayor de edad. Él es la sorpresa de la película.
FICHA:
Demolition. (Estados Unidos, 2015).
DIRECTOR: Jane-Marc Vallée.
INTÉRPRETES: Jake Gyllenhall, Naomi Watss, Chris Cooper, Judah Lewis, Heather Lind.









