El reino de los monos (no confundir con un documental de Disney de igual título que se estrenó el año pasado) es una buena y divertida película de dibujos animados dirigida a niños y adultos que quizás no es tan deslumbrante en cuanto a efectos especiales como las fastuosas producciones estadounidenses, pero que quizás por ello retiene un encanto y una forma de hacer las cosas diferente y fuera de los dictados de los grandes popes que acaparan el mercado internacional.

La cosa va de los albores de la humanidad, cuando todavía éramos monos. El rey de los simios tiene dos hijos gemelos: el primero en nacer es un monito raquítico al que le falta una mano y, pocos minutos después, ve la luz su robusto y bien formado hermanito. El rey, persuadido por su consejero (al que le sacaron el parecido por el famoso actor francés Louis de Funes) y por la bruja de la tribu, decide deshacerse del hijo tísico no fuera que ello traiga la maldición a su pueblo, pero el monito sobrevive y es acogido por uno de esos monos narizotas narigudos que se parecen a Rastapopoulos, un personaje del Tin-Tin de Hergé.

A partir de aquí se desarrolla la vida paralela de los hermanos gemelos al tiempo que se narra la historia de estos monos ya casi humanos que poco a poco se ponen erguidos, descubren el fuego, el sexo (y el amor, claro), se dan cuenta de que vivir en los árboles es un rollo y que el suelo firme es mejor.

El reino de los monos corre el riesgo, en sus primeros momentos, de parecernos una especie de remedo en versión primate de El Rey León, pero pronto se va por otros derroteros siguiendo más los planteamientos de series de dibujos franceses tipo Érase una vez el hombre y alejándose del modelo de animación estadounidense, lo que es todo un alivio.

El largometraje es divertido, interesante, sencillo, fácil de seguir pero con enjundia, con las cosas muy claras y tres o cuatro ideas que quiere dejar muy claras: que la diversidad, los modos de vida diferentes y las formas de ser de cada cual son elementos enriquecedores y que no hay que tener temor de ello; que el mal está ahí y hay que aceptarlo; que unidos ganamos y separados, perdemos; que la muerte es tan natural como la vida y que no hay que tener miedo en avanzar y en probar cosas nuevas.

Si bien, como decíamos al principio, a pesar de los medios ajustados, los efectos resultan fascinantes y a ello hay que añadir una música adecuada (con varios temas de Stevie Wonder) y una historia que va in crescendo. Es curioso comprobar cómo al principio algunos personajes nos caen mal y cómo nos damos cuenta de los hallazgos técnicos que parecen ensombrecer la trama del filme, pero la sencilla historia es tan poderosa que engulle todo lo demás y uno sale del cine con unas cuantas cosas bien aprendidas, en un ejemplo certero de que el todo vale muchísimo más que la suma de sus partes.
FICHA
Pourquoi j’ai pas mangé mon père. (Francia, 2015).
DIRECTOR: Jamel Debouze.









