Nunca hubo una mujer como Gilda fue el eslogan escogido por Columbia Pictures para estrenar esta producción del año 1946 y a la que todos recordamos por la famosa escena en la que Rita Hayworth se quita un guante al ritmo de Put the blame on Mame…
La película comienza cuando Johny Farrell (Glenn Ford), un tramposo que se dedica al mundo de las apuestas, llega a Buenos Aires y se mete en un buen lío del que es salvado por el bastón de Ballin Mundson (George Macready). Y claro, esto ocurre en el minuto uno de la película, y en el minuto dos ya estás diciendo «menudo mariconeo. ¿Cómo escapó esto a la censura?» Porque parece que nadie se dio cuenta de que era muy raro que un señor tan elegante paseara de noche por una zona de dudosa reputación y que salvara a un apuesto hombre de la muerte… y termine dándole su tarjeta. Vale, a todos nos han pasado cosas chungas haciendo cruising, pero esto además de chungo es raro.
El caso es que Ballin es un mafioso que tiene un casino ilegal y allí termina Johny con quien mantiene un triángulo muy peculiar: Johny, Ballin y su bastón. Y no, no sabemos, ni queremos saber, para qué usaban el bastón, pero es el elemento con el que se juega constantemente para darnos pistas de la relación homosexual entre ambos:
– Un bastón así resulta muy útil.
– Es un amigo fiel y obediente. Guarda silencio cuando quiero que esté callado y habla cuando quiero que hable.
– ¿Es esa su idea de la amistad?
– Esa es mi idea de la amistad.
– Muy alegre su vida.
– Llevo la vida que me gusta.
Obviamente, la palabra utilizada en inglés para «alegre» era «gay».
Si crees que estamos exagerando, ahí van otras líneas de diálogo:
– Tengo que saber una cosa. Que no hay una mujer en su vida.
– No hay mujeres en mi vida.
– El juego y las mujeres no van bien.
– Eso es lo que yo digo siempre. ¿Qué? ¿Cambiamos de conversación?
El filme está lleno de alusiones constantes a la estrecha amistad entre los protagonistas. Tantas que muchas resultan absurdas y fuera de lugar. Farrell juega el papel de sumiso dispuesto a cualquier cosa por Ballin, que se muestra dominante y que incluso desprecia a su «amigo». Por cierto, el papel de Mundson es ridiculizado constantemente con su forma de vestir, su manera de andar e incluso, con la música de fondo que insinúa el amaneramiento de tan viril personaje.
La relación estalla cuando aparece Gilda, una femme fatal con la que de repente se casa Ballin, pero como el mundo es un pañuelo y el homosexual todavía más, resulta que Gilda también conocía a Farrell. Y comienza el juego. Gilda es descarada y manipuladora. Enseguida se da cuenta de la relación que tiene su marido con su amigo y decide aprovecharse todo lo posible haciendo lo que le viene en gana, mientras Farrell se desvive para que Ballin no averigüe el tipo de mujer con que se ha casado.

Es obvio que entre Gilda y su marido no hay ningún tipo de relación sexual, mientras que sí parece existir algo imposible entre ella y Farrell. Y es que ¿quién no ha tenido una noche tonta con su mariliendre? Y a esto hay que sumarle otro personaje: Tío Pío, responsable de mantenimiento que siempre está al tanto de todo y ejerce el papel de Pepito Grillo teniendo siempre sabios consejos filosóficos que dar. Por otro lado, Tío Pío tiene una clara lectura de marica chismosa, que además, se sabe intocable por su extraña amistad con Gilda.
En resumen, que mientras Hollywood nos vendía cine negro con una sex symbol como Hayworth de regalo, en realidad se trataba de una historia de maricas malas que querían ponerse las lentejuelas de Gilda.










