Semanas atrás comprobamos en nuestras propias carnes que la lectura es causa del calentamiento global de la tierra. La publicación de Una barba para dos, la colección de cien microrrelatos eróticos de Lawrence Schimel que el pasado febrero editaron Dos Bigotes originó no solo un incremento de la temperatura de la corteza terrestre, sino también de la de vuestra piel y, en consecuencia, de las personas contra las que os frotáis en la cama, en el metro. Pues bien, en nuestro empeño por haceros disfrutar y gozar como perras, no solo hemos entrevistado a Lawrence, sino que le hemos pedido que escribiera un microrrelato para estoybailando.com y… ¡Deseo conseguido! Aquí lo tenéis. ¡Disfrutadlo!

microLawrenceEB
A mí me gusta que me toquen cuando voy en el metro.

VOCABULARIO EN COMÚN

Durante dos semanas en primavera, hay solo cinco horas de diferencia entre Madrid y Nueva York, en lugar de las seis habituales. No me afecta mucho, incluso hay años que me olvido por completo de esas dos semanas diferentes cuando EE.UU. ya ha cambiado de hora pero Europa todavía no. Pero volviendo a casa con la compra, me crucé con dos chicos en la calle y de repente necesitaba llamar a mi padre. Normalmente, no podía llamarle tan pronto pero con el cambio de horario le pillé justo llegando a la oficina.

– Tienes razón –le dije, cuando contestó.

– Claro. Soy tu padre –contestó, antes de preguntarme cual de las perlas de su sabiduría había aprendido por fin.

– Me ha pasado algo que nunca me pasó antes. Estaba volviendo a casa del supermercado cuando me crucé con un chico con quién me había enrollado.

– Hijo –me interrumpió–, no es con ánimo de ofender, pero por lo  que me has contado, eso debe de ser una experiencia bastante común en tu vida.

– Déjame terminar, por favor. Lo que nunca me había pasado antes era pensar en mi relación con el otro chico, el que le acompañaba, y darme cuenta de que no existe una palabra para definir nuestra relación.

Llevo años discutiendo con mi padre sobre el lenguaje y el pensamiento, él cree que pensamos en abstracto y luego lo traducimos a lenguaje y yo opino que el lenguaje condiciona como pensamos.

–A ver si entiendo bien –me dijo–. ¿No sabes cómo llamar cuando un ex-amante tuyo se enrolla con otro ex-amante tuyo?

–No, no, no. No conozco a ese otro chico, aunque compartimos algo por ser, o haber sido, los dos amantes de este chico. Al acercarnos, en la acera, pude ver que comentaron algo entre ellos, seguramente el pasado que tengo con el uno, y el otro, es decir, el que no me he tirado, me echó una mirada al pasar…

– A mí me suena que estabas ligando, hijo.

– No era eso. Era más bien una mirada… cómplice. Reconociendo la situación curiosa de que, aunque no nos conocemos, sí compartimos algo, esa relación que no tiene palabra, todavía. Y eso era lo que quería decirte, era capaz de pensar en dicha relación, de imaginarlo, sin tener vocabulario para definirlo.

– Pensaste en el abstracto sobre tu deseo de tener una relación no-abstracta con este nuevo chico que has conocido.

– Me alegro que hayas levantado de tan buen humor hoy, pero basta de bromas, por favor. Estoy compartiendo contigo algo serio. He cambiado como pienso o he reconocido que pienso de manera distinto de cómo pensaba que pienso. O igual no. En español hay una palabra que no existe en inglés para describir la relación entre mi marido y el marido de mi hermana, concuñado. Igual lo que ha pasado hoy es que, después de haber cambiado mi pensamiento cuando aprendí esa palabra en español, he transferido ese aprendizaje a esta situación nueva. Con lo cual, era el lenguaje el que condicionó como pienso.

– Pues no es broma, pero tengo un cliente no-abstracto y te tengo que colgar. Ya me contarás qué palabra inventas para nombrar esta relación de haber compartido amante con alguien. ¡Seguro que lo pondrás en circulación de tanto uso!

– Déjame terminar, por favor. Lo que nunca me había pasado antes era pensar en mi relación con el otro chico, que le acompañaba, y darme cuenta de que no existe una palabra para definir nuestra relación.

Llevo años discutiendo con mi padre sobre el lenguaje y el pensamiento, él cree que pensamos en  abstracto y luego  lo traducimos a lenguaje  y yo opino que el lenguaje condiciona como pensamos.

– A ver si entiendo bien –me dijo–. ¿No sabes cómo llamar cuando un ex-amante tuyo se enrolla con otro ex-amante tuyo?

–No, no, no. No conozco a ese otro chico, aunque compartimos algo por ser (o haber sido) los dos amantes de este chico. Al acercarnos, en la acera, pude ver que comentaron algo entre ellos, seguramente el pasado que tengo con el uno, y el otro (es decir, el que  no me he tirado) me echó una mirada al pasar…

–A mi me suena que estabas ligando, hijo…

– No era eso. Era más una mirada… cómplice. Reconociendo la situación curiosa de que, aunque no nos conocemos, sí compartimos algo, esa relación que no tiene palabra, todavía. Y eso era lo que quería decirte, era capaz de pensar en dicha relación, de imaginarlo, sin tener vocabulario para definirlo.

– Pensaste en abstracto sobre tu deseo de tener una relación no-abstracta con este nuevo chico que has conocido.

– Me alegro que hayas levantado de tan buen humor hoy, pero basta de bromas, por favor. Estoy compartiendo contigo algo serio. He cambiado como pienso, o he reconocido que pienso de manera distinto de cómo pensaba que pienso. O igual no. En español hay una palabra que no existe en inglés para describir la relación entre mi marido y el marido de mi hermana, concuñado. Igual lo que ha pasado hoy es que, después de haber cambiado mi pensamiento cuando aprendí esa palabra en español, he transferido ese aprendizaje a esta situación nueva. Con lo cual, era el lenguaje el que condicionó como pienso.

– Pues no es broma, pero tengo un cliente no-abstracto y te tengo que colgar. Ya me contarás qué palabra inventas para nombrar esta relación de haber compartido amante con alguien. ¡Seguro que lo pondrás en circulación de tanto uso!