Sucedió en Ootacamund (India). Corría el año 1917. Una hermosa niña de tres años y medio, vestida de pastorcilla, avanzó hacia el proscenio de un escenario local.  Cuando esa pequeña personificación de una porcelana de Dresde se detuvo y exigió silencio, el público asistente contuvo la respiración, expectante. (Lo que tú haces cuando tu macho te exige que dejes de gemir porque lo mejor está aún por llegar)

La madre de tan osada chiquilla la miró con alarma desde uno de los palcos de la sala (¿qué madre no ha sentido eso la primera vez que vió a su niña de pelo corto salir de casa pintado como una puerta?). Había enseñado a su hija una popular tonada infantil para que la cantara aquella noche, y aquel audaz reclamo de atención no había sido ensayado. Después de cerciorarse de que nadie en todo el teatro era capaz de apartar sus ojos de ella,  la niña dijo con una firmeza aún más sorprendente:

“No cantaré. Recitaré.”

Y así fue.

Aquella pequeña de talante indómito y belleza sin igual era Vivien Leigh, la inmortal encarnación cinematográfica de la Escarlata O´Hara de Lo que el viento se llevó.

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A lo largo de toda su vida Leigh guardó una férrea lealtad a ese carácter indoblegable chungo, y con él fluctuó entre la felicidad y la desdicha, asumiendo dignamente la incomprensión que muchas veces la inflexible determinación de su voluntad generaba.

“Digo lo que pienso, no disimulo y estoy preparada para aceptar las consecuencias de mis actos.”

En Vivien entraban en colisión la coquetería felina y caprichosa de la legendaria belleza sureña de aquellos O’Hara de Tara creados por Margaret Mitchell, con una ruda franqueza impropia de un espíritu inglés como el suyo.

“Mi signo del zodíaco es Escorpio. Los escorpiones se devoran y calcinan a sí mismos. Así soy yo.”

Aquejada desde una edad temprana por un trastorno bipolar por el que había de tratarse periódicamente con terapias electrocompulsivas, Leigh conoció a lo largo de su existencia los infiernos de la locura y la autodestrucción.

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Y si gracias a su vanidad supo personificar como nadie el oscarizado rol de Escarlata O´Hara (“Desde que leí la novela supe que sólo yo podía interpretarla en cine), gracias a esa parte más frágil de su carácter hizo suya de forma majestuosa a la Blanche Dubois de Un tranvía llamado Deseo, primero sobre las tablas del Rita y posteriormente en el clásico cinematográfico de Elia Kazan por cuya labor recibió otra estatuilla dorada.

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Haciendo una abstracción de los conflictos de sus personajes, no es difícil encontrar un paralelismo entre los tres papeles capitales de la filmografía de Vivien Leigh y ciertas clases de sensibilidad gay. A través de ellos podemos trazar  otras tantas posibles edades maricas con las que muchos se sentirán identificados.

Si la Escarlata de Lo que el viento se llevó viene a representar, en su mayor parte, el donaire egocéntrico de la juventud que nos recuerda a esos muchachos del ambiente que hacen uso y abuso de su belleza para conseguir sus propósitos y arrasar allá por donde pasan….(los criticamos… los detestamos….¡queremos ser uno de ellos pero nuestra jeta y lorzas nos lo impiden!)

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Blanche Dubois reúne una sensibilidad vulnerable en colisión continua con la cruda realidad, un voraz apetito sexual y el temor a la pérdida de una juventud hermosa… todo aquello que conforma el círculo vicioso de numerosos maricas maduros machos gays de cuarenta y tantos.

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Y por fin, salida al igual que Blanche de la pluma de Tennessee Williams, nos encontramos con la marchita y acaudalada viuda protagonista de La primavera romana de la señora Stone que termina buscando migajas de amor y placer en las potentes hechuras de un gigoló con la apariencia de semental del Warren Beatty de los años sesenta….Lástima que muchos únicamente puedan permitirse pagar a los rumanos chaperos señores del Black & White.

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Tanto drama constituyó acabó siendo el reflejo de la vida misma de Leigh, confundiéndose muchas de las vivencias trágicas de sus papeles con lo que iba aconteciendo en su vida. Pero también en la identificación que un sector del mundo homosexual ha sentido hacia esa Vivien de Escarlata, Blanche y la señora Stone, se observa una más que evidente afinidad emocional con concretas experiencias vitales muy maricas.

En el teatro de la vida de Vivien Leigh el telón cayó a sus 53 años en forma de tuberculosis, y aún así su voluntad incandescente siguió hasta el final eligiendo recitar y no cantar. Todo un ejemplo de obstinación, perseverancia y sobre todo de lealtad a quien uno es.

Venga…y ahora ponte un miriñaque y grita aquéllo de “A Dios pongo por testigo…”….¡Que lo estás deseando!

viviengodJurando ante el Altísimo que no volverás a hacerle un fist a alguien sin pre-lavativa

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