El otro día un colega me mandó un mensaje avisándome de que Antonio Baños, ex-diputado de la CUP en el Parlament de Cataluña, acababa de decir en una entrevista en RAC1 que era fan de Eurovisión. Y hoy el mismo Baños ha publicado un texto en el diario Ara defendiendo el festival.

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Puede parecerte una tontería, pero no olvidemos que gran parte del sector catalanista desprecia el festival porque lo ven como un símbolo españolista, trasnochado y bla bla bla… Nosotros, evidentemente, aplaudimos mucho el texto (a pesar de las puyas políticas que hay en él) aunque tenemos más argumentos aún para defenderlo. Pero primero vamos a traducirte al castellano (aunque leerlo en catalán tampoco es como ponerte a leer un texto en sánscrito, no seas maridramas) el texto de Baños:

Mañana es nuestro día. El único día en el que los buenos ciudadanos europeos se pueden sentir orgullosos de esta mezcla de austeridad, militarismo, lobbys y xenofobia que es la UE. Mañana llega Eurovisión i con ella la exaltación de los pocos valores genuinamente europeos que nos quedan: autoironía, postnacionalismo, ligereza, sentido operístico de la vida y, por supuesto, decadencia. Porque una de las acusaciones que los dogmáticos de cualquier tipo hacen al song contest es ésa. ¡Obvio! Cuando Europa no está en decadencia se dedica a invadir continentes. Por eso le tengo más cariño a la Europa austrohungaresa y kitsch de Eurovisión. Frívola, pero defensora de los derechos y las libertades.

Me gusta la Eurovisión que denuncia guerras, como los georgianos Stephane & 3G que combatieron la invasión rusa de su país con el funk setentero de We don’t wanna put in (“Put in”, ¿lo pillan?). O la defensa de una Ucrania juguetona contra la Rusia homófoba (cómo echamos de menos a las t.A.T.u.) de la mano del travesti Verka Serduchka con Dancing lasha tumbai (que sonaba como Russia goodbye).

Pero si Eurovisión tiene fuerza es en la defensa de los derechos LGTBI. Para millones de personas que viven en países en los que sus derechos no se defienden, el mensaje de Eurovisión hacia la creciente LGTBIfóbia europea no es una broma ni es inútil. Que una lesbiana como Marija Šerifović y su impresionante tema Molitva le dieron la victoria a una Serbia presa del militarismo, el choque que supuso para el Israel ultraortodoxo Dana International o el brutal golpe que para la ultraderecha austríaca y europea fue Conchita Wurst hacen que las valoraciones condescendientes que los progres y los puristas tienen del concurso queden en ridículo.

Europa es nuestra. De los eurofans que votamos mujeres barbudas, que sabemos dónde está San Marino y que bailamos con griegos con faldas, finlandeses monstruosos y flamencas descalzas. Nuestra es la Europa que premia al más bailable, no al más rico. Que escucha el estribillo pegadizo y no al populista demagogo. Una Europa que llega hasta Australia. Que cree en el derecho a decidir a base de douze points. Ningún Eurofan como tiene que ser empezará nunca una guerra ni votará a la ultraderecha. Y mañana es nuestra fiesta. 

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Como te decía antes, a pesar de las puyitas políticas el texto de Baños es una maravilla con la que defender el Festival de Eurovisión. Porque como ya comentábamos en el artículo en el que hablábamos de las declaraciones sobre la homofobia rusa de Sergey Lazarev, el festival (aunque a veces joda) hay que verlo y disfrutarlo muy por encima de la política. Porque es donde está. Ganar Eurovisión no te convierte en una nación poderosa, no te da más favores económicos (ayer mismo, en la apertura de la segunda semifinal, ironizaban en un número musical sobre cómo organizar el festival llevaba a la bancarrota al país anfitrión); ganar Eurovisión sólo puede hacer sentir un orgullo sano al país vencedor (aunque la canción o el cantante ni siquiera sean de ese país). Es un premio al ¿buen gusto? O más bien a la capacidad de detectar una tendencia cultural y saber explotarla.

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Del cruising al grindr: un paseo por el ligoteo gay

Pero además de esos motivos semi-políticos y casi utópicos, el Festival se merece un respeto que en este país no tiene por el simple hecho de ser un show musical único en el mundo, realizado desde hace años con una maestría soberbia y que durante una semana suma al continente en una guerra divertidísima y enriquecedora en la que las armas son canciones. Actuaciones que ponen la piel de gallina por una voz especial, realizaciones que te hacen olvidar que estás viendo un “concierto” y que parecen un videoclip en directo, números que te hacen sonreír o te arrancan una carcajada (intencionada o no).

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En España no se valora el Festival pero no porque TVE durante años lo haya maltratado (sobre todo en los años post Operación Triunfo, en los que al igual que el talent show el ESC se convirtió en algo que era mejor olvidar), sino porque en España no se valora la cultura. Y Eurovisión es cultura. Que España esté siempre muy arriba en las listas de piratería y que Eurovisión sea un chiste recurrente no son hechos aislados, son un síntoma de la pobreza cultural generalizada y mercantilizada del país. En Letonia hay gente que juega con la electrónica más pura y la convierten en pop pegadizo que arrasa en las listas de éxitos, en Austria una travesti barbuda se gana a todo un país (y un continente), en Serbia han aprendido a mezclar su floklore con el EDM, en Inglaterra por algún extraño motivo no son capaces de llevar al festival lo que tan bien exportan cuando venden discos, y en España por primera vez nos atrevemos con una canción sin una pizca de español en la letra. Todo eso, aunque no vaya a cambiar la historia de la humanidad (o sí), enriquece.

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Siempre se dice que deberíamos aspirar a ser más parecidos a los países nórdicos, pero nadie recuerda al decir eso que en los países nórdicos Eurovisión se vive con la misma emoción e ilusión que una Eurocopa o un Mundial de fútbol. Y aunque sea sólo durante 3 horas te sientas frente a la televisión y disfrutas del mejor espectáculo musical que se emite gratis y en abierto para una audiencia de más de 150 millones de personas. Y ves cosas que ni en un concierto de Madonna.

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Puede gustarte o no, eso ya depende de cada uno. Pero si en España practicáramos un poquito más lo objetividad no daríamos alas a los que tiran por tierra todo el trabajo y esfuerzo del representante de turno; ni a los que se ríen de los eurofans que celebran la clasificación de su favorito para la final como si el Barça ganara la Champions. Y parte de esa falta de apreciación por el festival (esta vez sí) la tiene TVE, que no aprovecha todo lo que el Festival supone en Europa y cada año reemite los mismos especiales con las mismas opiniones y los mismos recuerdos eurovisivos que lo mantienen anclado en una época que ya pasó y en un sentimiento rancio y caduco. Caso aparte es lo de RTVE.ES, con comentaristas más divertidos, con presencia de las redes sociales, con sabor a 2016 y con humor. Pero un humor cómplice, sin ironía hacia el propio festival. De hecho los suecos este año se están marcando un festival especialmente divertido, aunque los comentarios de Íñigo probablemente se hayan comido la mitad de los chistes (como la esplendorosa broma del dildo que Petra se marcó anoche y que hizo Måns casi se atragantara de la risa).

Eurovision

Si conseguimos modernizar la imagen que transmitimos nosotros, los que disfrutamos del festival, hacia los que aún siguen pensando que el Chikilicuatre fue lo mejor que hemos enviado en décadas, entonces tal vez podamos empezar a compararnos a los países nórdicos. Y quién sabe, a lo mejor si llegamos al punto en que el público valore la parte cultural del festival luego tenemos más fácil que valoren nuestra propia cultura y dejen de politizarla. Y entonces seremos más parecidos a Suecia o a Dinamarca.

Y sí, Eurovisión es además un escaparate maravilloso desde el que defender los derechos humanos (no sólo los del colectivo LGTBI, ahí está la canción de Ucrania de este año). De alguna forma, probablemente por una coincidencia cultural, nosotros hemos hecho del Festival nuestra bandera y tratamos temas políticos y activistas como si estuviéramos en plena asamblea de la FELGTB en el salón de casa. Anoche en la segunda semifinal Måns Zelmerlöw hizo una tímida defensa del amor libre, recordando que “en algunos países el amor sigue siendo un crimen“. No nos hizo especial ilusión, porque algunos recordamos que Zelmerlöw estuvo muy desafortunado hace años en un programa de la tele sueca hablando de abominaciones, pero si su campaña de pink-washing sirve para que en el prime-time del continente se defiendan nuestros derechos preferimos no hacer demasiada sangre y aplaudir el gesto.

Eurovisión es mucho más de lo que parece ser a primera vista. Ahora sólo falta que en España dejemos de hacer el idiota y de pelearnos por las tonterías de siempre y aprendamos cómo disfrutar de algo tan maravilloso, constructivo, simplón, irónico, pegadizo, enriquecedor, ridículo y emocionante como es la música.

  • Cabina 14

    Genial artículo! Este año no publicáis el excel para las votaciones? Qué vamos a hacer ahora… !!!! Estamos perdidos!!!