¡Oh, me encanta esta canción de Alaska

Pues no, no es de Alaska, sino de Alaska y Dinarama. Y ni siquiera la pequeñita mexicana, de quien se dice aquello de “estuviste en Kaka de  Luxe pero no te oí cantar“, participó en la escritura de A quién le importa (la composición nunca fue el fuerte de nuestra querida Olvido, al menos en aquellos años). Con esto pasa como con el Monstruo de Frankenstein (y esto le encantaría a Alaska), que al propio hombre artificial se le ha terminado adjudicando el nombre de su creador. La parte por el todo. Wow yeah.

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1983. Dinarama + Alaska, cuando era un grupo y Alaska, solo la artista invitada. Carlos Berlanga al lado de Alaska, con sombrero, y Nacho Canut a la derecha de la foto.

Dinarama nació en 1983 de las cenizas de Alaska y Los Pegamoides. Carlos Berlanga (voz y guitarra) y Nacho Canut (bajo) decidieron hacer un grupo que recogiera parte del sonido de su antigua banda y para ello reclutaron a Johnny Canut (batería), Javier de Amezua (saxo) aparte de Mavi Margida y Javier Furia como coristas. Al principio empezaron a rodar, por cuántos clubs les dejaban actuar, con alguna canción nueva (Deja de bailar, por ejemplo) y su sonido se acercaba más a lo que entonces se daba en llamar música siniestra, más tarde afterpunk o pospunk, hace unos años gothic rock y ahora… Pues vaya usted a saber.

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Alaska y Los Pegamoides en 1982: germen de Dinarama. De izquierda a derecha, Ana Curra, Carlos Berlanga, Fabio McNamara, Eduardo Benavente, Alaska y Nacho Canut.

Alaska, que por entonces pululaba por ahí sin tener una opción artística real, empezó a colaborar con ellos en conciertos en “el templo” del Rock-Ola (germen de La Movida) haciendo algún coro y alguna voz solista y aportando su poderosa presencia y su fama que entonces era ya bastante grande. Aunque no le gustaba mucho la onda musical de la banda, cada vez más se fue metiendo en el grupo y, de Dinarama, la banda pasó a llamarse Dinarama + Alaska y su primer álbum (Canciones Profanas, 1983) contaba con la participación de Olvido, aunque el cantante oficial era Carlos. Temas como Perlas ensangrentadas, Crisis y, sobre todo, El rey del Glam encumbraron a la banda, siendo el referente del modernismo españolo por aquella época. La potente imagen de Alaska (considerada ya reina de la Movida -aunque entonces la etiqueta aún no estaba inventada-), fue, qué duda cabe, el acicate para que la banda disfrutara de ese éxito. Así que la mexicana exigió que su nombre fuera en primer lugar y ya pasaron a llamarse Alaska y Dinarama que, despedidos los otros miembros del grupo, se conocería desde entonces como un trío, con Carlos y Nacho en la composición de los temas y Olvido llevando el buque.

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Alaska y Dinarama, ya como trío, en 1984. De izquierda a derecha Carlos, Nacho y Olvido.

Para cuando salió en 1986 el álbum No es pecado, que contenía A quién le importa, Alaska y Dinarama era ya la gran esperanza del pop español. Además, con la creciente popularidad de Alaska, que llevaba dos años de presentadora (o algo parecido) del programa de televisión La bola de cristal, y su enorme carisma en Sudamérica, dado que es mexicana, hizo que la fama de la banda fuera exponencial y las giras, constantes. Todo este clima obraba en contra de Carlos Berlanga, quien había tenido la idea de formar el grupo y vio cómo su figura se veía cada vez más oscurecida mientras Olvido se aliaba con Nacho Canut. Carlos ya había tenido un problema parecido con Los Pegamoides; no soportaba la idea de que Eduardo Benavente le hiciera sombra, por ello se marchó del grupo y éste, al poco tiempo, se disolvió.

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Lily Allen de subidón en Air Balloon
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Alaska y Dinarama en 1986, en la contraportada del álbum “No es pecado“, que contenía la canción “A quién le importa“.

A quien le importa llegó en un momento, 1986, en que Alaska y Dinarama estaban en lo más alto. Su álbum anterior, Deseo Carnal, 1984, había sido un éxito sideral y las canciones de allí desprendidas, Cómo pudiste hacerme esto a mí o Ni tú ni nadie, hacían difícil reproducir un éxito tan grande. Pero lo lograron. A quién le importa, compuesta por Carlos Berlanga y Nacho Canut (como el 90% del repertorio de Alaska y Dinarama) recogía parte del sonido del álbum anterior, que estaba fuertemente influenciado por la música disco de finales de los setenta, algo decididamente demodé en esta mitad de los años ochenta. Ya Benavente/Canut habían hecho una jugada parecida cuatro años antes con el Bailando de Pegamoides y  A quien le importa  bebía mucho de aquel sonido: una canción decididamente contracorriente (cuando lo que se llevaba era el punk y la nueva ola), que estaba llena de cuerdas, vientos, bajo rítmico, batería marcial… Vamos, puritito sonido Philadelphia class of ’78. Aunque el resto del álbum, No es pecado, tenía también un pie en los inicios siniestros de la banda, Dinarama iban a otra dirección ya: a la cultura de club, la música electrónica, el house…

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El single y maxi editado en 1986, con un desarrollo de la portada del álbum.

En cuanto a la letra, la canción fue, como sabemos, un himno gay inmediato. Dado que tanto Carlos Berlanga como Nacho Canut eran homosexuales, se decidieron a recoger en estas letras su experiencia como chicos de la calle que viven su sexualidad como quieren y no hacen caso de las miradas desaprobadoras de las personas circundantes. Es también, por extensión, un himno para todo aquél que desee hacer cosas diferentes haciendo caso omiso al qué dirán. Claro que, en realidad, esta letra no es más que una reelaboración de aquellas canciones que Manuel Alejandro hacía para Raphael en los años 60; Digan lo que digan y, sobre todo, Hablemos del amor (¿Qué nos importa? ¿qué nos importa?/aquella gente que mira la tierra y no ve mas que tierra/¿Qué nos importa? ¿qué nos importa?/toda esa gente que viene y que va por el mundo sin ver la realidad).

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Si al final soy yo el más moderno de todooooooooooooooooooos

Pero no vamos a negar aquí, a pesar de sus influencias (¿y quién no las tiene?),  la validez y  la gran calidad de música y letra. Aunar un texto elaborado que dé un mensaje claro para las masas junto con una música que, en principio, estaba totalmente fuera de onda y convertirlo en un mito, en una señal, en algo que perdura en el tiempo y que tenía validez hace treinta años y lo seguirá teniendo dentro de treinta, es un triunfo. Y en ese año, 1986, A quién le importa fue un auténtico bombazo. Y yo lo sé porque me acuerdo. Claro que solo puedo hablar de Tenerife en 1986. En aquella época, y en aquella galaxia muy muy lejana, no había fiesta de facultad, bar de universidad, festival de colegio mayor donde no se escuchara esta tonadilla, siendo un clásico, desde entonces, en los Carnavales y un oldie para siempre jamás en toda discoteca que se precie, ventorrillo de baile de magos o chiringuito de playa. No, en Tenerife no teníamos un Rock-Ola.

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El Rock-Ola (calle Padre Xifré 5, metro Cartagena, Madrid). Templo de La Movida y donde Dinarama dio sus primeros pasos. En activo hasta 1985, fue cerrado por una pelea en la que murió un chico. Actualmente es un supermercado.

El álbum que contenía este pelotazo, No es pecado (que, aparte de la canción que nos ocupa, también presentaba la sobresaliente Funcionaria Asesina y… casi nada más), nos mostraba a una Alaska provocativa, medio desnuda y portando una sierra mecánica. Esta vehemente portada causó estragos en el mundo de habla hispana (ya habían tenido problemas con la cubierta del disco anterior, Deseo carnal, donde Alaska, también en pelotas [qué manía] abrazaba con poco disimulado apasionamiento a un hombre también como Dios lo trajo al mundo) y concretamente en México, tierra natal de Olvido, la fotografía de la carpeta fue sustituida por otra… ¡más sugerente! Mostramos la carpeta original (izquierda) y la versión mejicana. Busque, compare…

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A quién le importa tuvo más versiones, como la de (ay, la mejicana Thalia) o las de la propia Alaska y Canut con su banda Fangoria. Pero ninguna pudo validar el misterio y la certera bala en medio de los ojos que Alaska y Dinarama disparó en aquella España socialista de vicio y abundancia. Después de esto las desavenencias entre Carlos Berlanga y Alaska/Canut llegaron a su cénit y para el siguiente disco, Fan Fatal, el grupo estaba disgregado y desilusionado, y dieron como resultado un L.P. desigual; carcomido quizás excesivamente por su nuevo gusto por el house y con casi la mitad de las canciones que no eran de ellos, como el single titular de este álbum, Mi novio es un zombi, original de Los Vegetales, el grupo paralelo de Nacho Canut. Olvido y Nacho formaron Fangoria poco después de la disolución de Dinarama, centrándose en la música electrónica de baile y, tras casi diez años en el ostracismo, tuvieron un fulgurante éxito en 1999, de mano de la disquera Subterfuge y el CD Una temporada en el infierno, revalidando, una vez más, su trono en el panorama musical hispanohablante.

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1999. El inicio auténtico de Fangoria como reinas del “synth-pop” a la española.

Carlos Berlanga tuvo una corta carrera en solitario en la que grabó varios discos, destacando los dos últimos, Vía Satélite (1997), donde vuelve a colaborar con Alaska y Canut e Impermeable (2001) en el cual se alía con el entonces refulgente sonido Donosti de Le Mans o La buena vida. Carlos moriría en 2002 de resultas de una enfermedad de hígado larga y puñetera. Parte fundamental de La Movida y del sonido de aquellos años (que hoy encuentra seguidores en, por ejemplo, La Casa Azul) e hijo del director de cine Luis García-Berlanga, Carlos era también artista plástico y, hace unos años, el centro de exposiciones El Águila, Madrid, hizo una amplísima y completísima exposición sobre su vida y obra, exhibición a la que tuvimos el honor  de asistir varias veces y donde nunca había nadie. Y eso que era gratis.

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Carlos Berlanga, el auténtico genio y poeta de La Movida, de vida y obra turbulenta.

A quién le importa se estrenó en 1986 en el programa La bola de cristal (me acuerdo como si fuera ayer, y eso que detestaba ese programa: yo era heavy) donde Alaska era la estrella. También se incluía, en ese show, La funcionaria asesina. El clima de tensión de la banda se puede comprobar en esta actuación donde Alaska acapara todas las miradas y a Carlos Berlanga la cámara apenas sí le dedica algún plano.