A Louis B. Mayer, pope de la Metro Goldwin Mayer, le leyeron (siempre se especuló con la idea de que era analfabeto) un día de 1938  el libro The Wonderful Wizard of Oz de L. Frank Baum. Gracias a su fino olfato, Mayer enseguida adivinó que eso podría ser un filón de película, así que decidió que se convertiría en el primer filme en color de la MGM para competir con  su archienemigo David O. Selnick, que estaba rodando también en color Lo que el viento se llevó. Mayer quería que la Fox le cediese a su estrella, la niña Shirley Temple, para el papel de Dorothy, pero la Fox le dijo que te den por ahí por ahí se pudriera y Mayer tuvo que tirar de su propia prole.

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Judy Garland tenía 16 años en 1938 y ya era drogadicta y alcohólica (y lo seguiría siendo hasta su muerte). “Propiedad” de la MGM desde niña, venía de un extenuante trabajo en las películas de Andrés Harvey que, con otros compañeros de desgracia como Mickey Rooney, trabajaba diecinueve horas diarias, película tras película, y era atiborrada de barbitúricos, pastillas para dormir, anfetaminas y alcohol.

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Sufrimiento delante y detrás de la cámara. Pero que nadie se entere.

Cuando Mayer vio a la Garland se llevó un gran disgusto: Judy ya era casi una mujer, le estaba cambiando la voz y sus formas no eran en absoluto las de una niña. Había que hacer algo y rapidito, que el presupuesto se nos va de los manos. Así que pusieron a Judy pelucas, postizos para dientes y nariz, ocultaron sus formas con cartones y otros apósitos para que tuviera una forma más aniñada y, lo peor, aplastaban su pecho con cintas y gasas para que pareciera plano. A esta tortura había que añadirle su ración habitual de drogas y alcohol y, como estaba algo gorda rellenita para el papel, según Mayer, se le sometió, bajo la estrecha vigilancia de la bruja de Ethel, madre de Judy, a una estricta dieta de cafés, sopa de pollo y… cigarrillos; unos treinta al día que, en jornadas de mayor estrés, podían pasar de los sesenta.

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Judy, puesta hasta las cejas, en una de las interminables pruebas de peluquería para la película.

Over the rainbow es una canción del compositor Harold Arlen y el letrista Yip Harburg. La banda sonora para El mago de Oz estaba prácticamente acabada, solo faltaba un número inicial, pero esa canción se le resistía a los compositores y el tiempo iba pasando y Mayer, cabreándose. Un día que Arlen iba en coche a casa con su mujer, tras salir del cine, vio un arcoíris y vio la luz. Enseguida la melodía que todos conocemos le brotó, se pasó parte de la noche escribiéndola y, al día siguiente, se la dio al letrista Harburg. A este la música le pareció una cursilería de tomo y lomo pero aceptó a ponerle letra dado que el tiempo apremiaba.

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Yip Harburg y Harold Arlen.

La película se terminó con la banda sonora. La melodía de Over the rainbow está recogida en la obertura del principio del filme, cantada por Judy a los pocos minutos de inicio y sale en un pequeño reprise al final. La primera premier se dio para el personal de la película y un escogido grupo de espectadores en San Luis Obispo, un pequeño pueblo entre San Francisco y Los Ángeles. La reacción fue tibia y tanto Mayer como su colega el productor Mervin LeRoy decidieron suprimir el número porque “ralentiza mucho el ritmo de la película y la canción es cursi como una de esas tonadillas de Janette McDonald”. Sin embargo, la insistencia del productor asociado Arthur Freed y del mentor de Judy, Roger Edens, hizo que la canción volviera a la película, pero no el reprise, (que, sin embargo, sí aparece en la BSO). Desde el estreno de El mago de Oz en Los Ángeles el 15 de agosto de 1939 y en Nueva York dos días después, Over the rainbow fue un éxito automático, extendiéndose su fama por todo el mundo y reteniendo, hasta hoy, el honor de ser, según la RIAA (Recording Industry Association of America), la canción más importante del siglo XX.

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Ni siquiera en Estoy Bailando somos capaces de ironizar sobre una interpretación tan sobrecogedora y delicada como esta.

El tema ha tenido varias interpretaciones, desde una concepción judía por aquello del éxodo e ir en busca de Israel (algo que tocó la fibra a Mayer, que era judío), hasta una política, la propia del letrista Yip Harburg que, según se dice, en realidad se quejaba de la administración del presidente de los Estados Unidos Franklin D. Roosevelt y ansiaba que hubiera “un mundo mejor” donde gobernaran los republicanos. Y, cómo no, la interpretación gay, la esperanza de que más allá del arcoris haya un nuevo mundo de cielos azules donde a nadie se le juzgue por su condición sexual (o por la condición que sea). En Estoy Bailando nos quedamos con la interpretación de la propia Judy, una persona torturada, sufriente y oprimida, que canta con desespero a la libertad y a la confianza en un mundo mejor. El grito de Judy (algo que yo tuve siempre claro desde niño) es desespearante y desgarrador y su cara asustada refleja a todas luces su sufrimiento en un rodaje que fue un horror para ella donde era continuamente vapuleada por sus compañeros de rodaje (menos, curiosamente, por Margaret Hamilton, la bruja del Este, la única que la defendía), sometida a tocamientos contínuos por parte de Mayer y otros productores y sobre ella recaían toda clase de insultos y bromas. Y el propio reino de Oz es un mundo de pesadilla malsana, no apta para niños, donde Dorothy tiene que quitarse de encima a todos esos mosconoes que solo prentenden violarla, en un ejercicio parecido al de Alicia en su país de las (horro)maravillas, al de Pinocho y su mundo de pesadilla o, más recientemente, al de Zazie en la película Zazie en el metro (Louis Malle, 1960): niñas y niños víctimas de abusos y un mundo que los quiere demonizar. Que esto no se vea a las claras en historias como esta, siempre me ha parecido de una ceguera alarmante.

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“Yo también soy una superviviente”.

Over the rainbow conoce muchas versiones: desde las curiosas del cantante hawiano Israel Kamakawiwoʻole hasta la de  Pink, donde ella recupera parte de la letra original que se suprimió en el largometraje. El mundo del rock también ha cogido mucho del tema y de la película. El grupo de los años 70 Rainbow, del guitarrista Ritchie Blackmore, tomó su nombre de la canción y, al inicio de sus conciertos, tocaban una versión instrumental del tema con la voz de Judy superupuesta. La Electric Light Orchestra tomó un fotograma del filme para ilustrar su disco Eldorado. Y cómo no, el álbum Blizard of Oz, de Ozzy Osbourne, que tornaba el mundo de Oz en lo que es, una cosa pesadillesca. El L.P. Goodbye Yellow Brick Road de Elton John también recogía la pasión de Elton por la peliY hay una curiosa teoría que dice que si se pincha el album The dark side of the Moon de Pink Floyd y se pone al mismo tiempo la película, esta se corresponde al milímetro con el disco. (Esto último ni lo hemos comprobado ni queremos). Mención especial hay que hacer, cómo no, a la película The Wiz, 1978, con Michael Jackson y Diana Ross que es como una nueva versión de la peli con canciones nuevas. (¿Por qué?).

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Diana no sabe si está en Oz o en Nambroca.

Todo esto no hace sino afirmar la fama de una canción que, pese a tener múltiples interpretaciones, en realidad todas se encierran en una: el anhelo de un mundo mejor que nos separe del horror circundante. Según palabras de la propia Judy:  I wanted to believe and I tried my damndest to believe in the rainbow that I tried to get over and couldn’t. (Quise creer e intenté que mi maldición creyera en el arcoíris y traté de sobreponerme, pero no lo conseguí).

PD: No, no nos hemos olvidado de la versión de Kylie: